Meteduras de pata de Pamplinas

1. En una ocasión, un aldeano le pidió a la bruja Pamplinas la pócima para el dolor de muelas, y ella le dio la poción de levitación. El pobre, al tomarla, empezó a elevarse en el aire, y flotó y flotó pidiendo auxilio. Todo el pueblo salió a intentar atraparle con sus cazamariposas. ¡Fue un acontecimiento inolvidable! Algunos aldeanos treparon por los árboles, otros le aguardaban sobre los tejados de sus casas, en fin, fue tan divertido que, mucho tiempo después, los niños seguían persiguiéndole por las calles y le pedían que flotara otra vez. (Los árboles del plof, libro 1).




2. Una vez a nuestra bruja le encargaron un pastel mágico de cumpleaños para el rey, y al soplar las velas, el pastel estalló en mil pedazos, cubriendo a los presentes de una sabrosa crema verde fosforescente. ¡Menudo alboroto! ¿Os lo imagináis? El rey y sus súbditos quitándose la crema fosforescente... Menos mal que sabía muy bien. (Lío de pociones, Las divertidas aventuras de la bruja Pamplinas).




3. Un día nuestra bruja se olvidó de limpiar su caldero tras preparar la pócima que hacía florecer las plantas, y los restos de esta poción se mezclaron con la siguiente, que era la poción crecepelos. Desde entonces, con la llegada de cada primavera, los lugareños que habían utilizado la dichosa pócima, lucían un colorido ramo de flores en sus cabezas. Por lo general, lo llevaban bastante bien, salvo cuando les rodeaban las abejas, deseosas de recoger polen de esas extrañas flores andantes. ¡Qué revuelo! ¡Qué divertido verlo! (Lío de pociones, Las divertidas aventuras de la bruja Pamplinas).




4. ¿Os imagináis a nuestra bruja hablando con un jarrón, creyendo que era la lechuza Luf? ¡Y todo por no ponerse sus gafas! (Los árboles del plof, libro 1).



5.—Quechufa, quechafe. Hasta que el vuelo acabe, sigue a esta ave —conjuró la bruja Pamplinas, queriendo que su escoba mágica siguiera a la lechuza Luf.
Lo que no sabía la bruja Pamplinas, es que se había equivocado de pájaro. El que ella creía que era la lechuza, en realidad era un martín pescador, que la llevó directamente al río, bajó en picado para buscar peces y, para asombro de la bruja, fue seguido por su escoba. Pamplinas perdió el equilibrio y, para no caerse del todo al agua, se agarró a la escoba con una mano y con la otra se remangó la falda, y frenó con los pies en la superficie del agua, para acabar haciendo un chapucero esquí acuático por el río.
—¡Yupi! ¡Yupi! ¡Qué divertido es esto! —exclamó alegre—. Gracias, Luf —continuó dirigiéndose al martín pescador, al que no veía bien porque tenía las gafas salpicadas de agua.
Desde luego, nuestra bruja no tiene remedio... (Los árboles del plof, libro 1).



6. ¿Qué creéis que pasaría si en vez de menear a conciencia los frutos hincha-hincha-hincha-plof para poderlos coger sin que estallen en sus manos, la bruja Pamplinas se equivocara y agitara a Luf? ¡Qué desastre! (Los árboles del plof, libro 1).



7. Una vez, preparando pociones, a Pamplinas se le cayó un poco de pócima de invisibilidad encima, y sólo se le veían las piernas hasta las rodillas, los brazos y la cabeza. ¡Qué susto tan grande! Menos mal que los efectos de la pócima de invisibilidad duran poco tiempo. (Pócima desastrosa, libro 1).




8. En otra ocasión, nuestra bruja agrandó por accidente a los ratones, que se volvieron del tamaño de las personas. Pamplinas, Luf, y, sobre todo, Milkifú, asustados, huyeron de casa, y esperaron horas sentados sobre una rama alta de un árbol cercano, hasta que se pasó el efecto de la pócima, y pudieron volver. (Pócima desastrosa, libro 1).






9. Un día, la bruja Pamplinas tenía muchas cosas que ordenar en casa, pero se sentía muy cansada. Había tenido que resolver un gran lío con algunas pociones, que habían perdido sus etiquetas. "¡Qué bueno sería que en vez de una fuera dos!", pensó. "Así podría ir el doble de rápido". Ni corta ni perezosa, Pamplinas pronunció un conjuro y...
—¡Hola, yo soy tú!
—¡No, tú eres yo!
—Pues eso decía yo, que tú eres yo.
—¡La auténtica yo soy yo!
—¡No, soy yo! ¡Mira!
Y nuestra bruja sonrió de oreja a oreja, guiñó un ojo, guiñó el otro, hizo muecas, se movió, se sacó la lengua... Su doble, como si de un reflejo en el espejo se tratara, hizo lo mismo.
—¡No me hagas burla!
—¡No me la hagas tú a mí!
—Si yo soy tu, eres tú la que te has hecho burla a ti misma.
—Tú no puedes ser yo, porque tú eres tú y yo soy yo.
—Por tanto, tú no puedes ser mi auténtica yo, porque tú eres tu auténtica tú.
—Pero mi auténtica yo soy yo, no tú.
—¿Tú? Tú serás tu auténtica tú, suponiendo que tú seas tú.
—¿Yo?
¡Qué caos!, ¿verdad? Eso sucedió en el cuento "Lío de pociones, de "Las divertidas aventuras de la bruja Pamplinas", editado por Bruño.
El caos fue a peor, porque la bruja Pamplinas se duplicó más y más. Primero fueron cuatro brujas exactamente iguales y haciendo lo mismo: discutir sin parar en vez de recoger y ordenar. Después, ocho, dieciséis... Una multitud de brujas Pamplinas discutiendo sobre quién era la auténtica. ¡Qué desastre! ¿Os lo imagináis? Parece una pesadilla. Milkifú no lo pudo soportar, saltó por la ventana, refugiándose en el bosque. (Lío de pociones, Las divertidas aventuras de la bruja Pamplinas).




10. Un buen día, Pamplinas se encaminó hacia el río para saludar a los castores y ver su dique recién reparado. Nuestra bruja cruzó la mitad del río por un vado con piedras, que asomaban por encima del agua, cubiertas de musgo y resbaladizas. La bruja Pamplinas trataba de pisar con cuidado para no caerse. Iba de una piedra a otra. De repente, una de ellas se hundió bajo sus pies y empezó a moverse lentamente, transportando a la perpleja bruja de pie. ¡Qué cosas le pasan a Pamplinas! La "piedra" resultó ser la tortuga Veloz, que la llevó un rato a cuestas por el río, hasta que nuestra bruja perdió el equilibrio y se dio un chapuzón en el agua. ¡Cómo se rieron las ranas! (Reunión de seres mágicos, libro 1).




11. ¿Qué creéis que pasó para que los invitados a la reunión de los seres mágicos del bosque se fueran sin despedirse, desapareciendo de repente como si se disolvieran en el aire? ¡Qué raro!, ¿no?
Nosotros os lo podemos explicar: la bruja Pamplinas trajo a la reunión una garrafa de su mejor zumo de bayas, o al menos eso creía ella. Pero se confundió de garrafa y ofreció beber a sus compañeros la pócima de invisibilidad. Por eso, al tomar el zumo de bayas iban desapareciendo como si de un maleficio se tratara. ¡Qué suceso tan extraordinario! Sin embargo, al troll del bosque le encantó volverse invisible por un rato. Y a vosotros, ¿os gustaría poder volverse invisibles por unos minutos? ¿Qué haríais? (Reunión de seres mágicos, libro 1).




12. En una mañana complicada, repleta de pequeños contratiempos, la bruja Pamplinas no encontraba sus gafas. ¿Os acordáis de que nuestra bruja es muy miope y que la gente miope no ve bien sin sus gafas?
Pamplinas quiso preparar para el desayuno un rico chocolate. ¿Os gusta el chocolate calentito? ¡Qué bien huele! Nuestra bruja, sin sus gafas, se equivocó de bote y, en vez de azúcar, echó al chocolate unos polvos mágicos, que convirtieron el líquido en una especie de hombrecillo de chocolate. Este hombrecillo salió corriendo y gesticulando, mientras gritaba asustado:
—¡Socorro, que me quieren comer!
El gato Milkifú, asombrado, sólo pudo decir suspirando:
—Ahí va mi desayuno. Es el más rápido de toda mi vida, tanto que ni me atrevo a perseguirlo.
¿Y vosotros? Si os hubiera pasado esto, ¿perseguiríais al hombrecillo de chocolate? Y si es así, ¿cómo lo atraparíais? (Un día de locos, libro 1).



13. En la misma mañana, las calamidades prosiguieron. La bruja Pamplinas, sin sus gafas, agarró su varita mágica por la punta en vez de por el mango, y la agitó pronunciando un conjuro para que las sábanas y la colcha se alisaran sobre la cama. Sorprendentemente, en vez de esto, la colcha y las sábanas se elevaron por los aires y se pusieron a volar como si fuesen alfombras mágicas. ¡Qué increíble! La colcha se fue a por Pamplinas, y las sábanas, a por Milkifú. Les subieron encima y dieron unas cuantas vueltas por lo alto de la habitación.
—¡Qué mañana! ¡Qué mañana me estás dando! ¡Tengo los nervios deshechos! ¡No puedo más! —se quejaba enfadadísimo el gato.
Sin embargo, a la bruja Pamplinas este sorprendente paseo aéreo le gustó. Y a vosotros, ¿os gustaría volar sobre una colcha por vuestra habitación? ¿Sí o no? (Un día de locos, libro 1).



14. Otra metedura de pata de nuestra bruja por no ponerse las gafas. Pamplinas cocinaba para el almuerzo un rico pollo relleno al horno. Iba muy bien hasta que le echó la pócima de levitación en vez del caldo. El pollo, a medio hacer, empezó a flotar en el aire y a elevarse lentamente ante la mirada perpleja de la bruja.
El gato Milkifú intentó atraparlo saltando con todas sus fuerzas. ¡Nada! El pollo cogió velocidad y, tras rebotar varias veces contra las paredes, salió disparado por la chimenea. Una nube de hollín cubrió la habitación. Desde luego ¡qué cosas le pasan a la bruja Pamplinas! ¡Es imposible aburrirse viviendo con ella! ¿O creéis que estamos equivocados? (Un día de locos, libro 1).



15. ¡Ay, qué líos arma la bruja Pamplinas! Distraída y sin sus gafas, confundió a la lechuza Luf con un plumero. ¿Os imagináis lo que hizo a continuación? La agarró por las patas y empezó a sacudir el hollín de las paredes.
—¡Uf, uf, uf! ¡Cuidado, bruja chiflada! ¡Que soy yo, Luf! —protestó la sufrida lechuza.
Pamplinas tembló, dio un paso atrás y pisó la cola de Milkifú. El gato pegó un salto, chillando de dolor. La bruja se cayó de culo. ¡Qué desastre! (Un día de locos, libro 1).



16. En una ocasión, el aire de la casa de la bruja Pamplinas se volvió pestilente. A Pamplinas no se le ocurrió nada mejor que hacer aparecer un pequeño tornado para que absorbiera el mal olor. Pero lo primero que absorbió el tornado fue a Luf y a Milkifú, que desaparecieron entre chillidos e improperios dando vueltas y más vueltas. Acto seguido, el voraz tornado se tragó el felpudo de la entrada, las macetas de las ventanas, el tejado de paja y los muebles del interior de la casa. ¡Fue una auténtica catástrofe! ¡Menos mal que la bruja Pamplinas lo pudo arreglar en poco tiempo! (Un día de locos, libro 1).



17. De nuevo nuestra bruja decidió duplicarse. "Esta vez lo haré bien, de una manera diferente. Nada de discusiones inútiles sobre quién es la auténtica Pamplinas. Todas mis dobles tendrán que hacer lo que yo haga", se dijo.
La bruja Pamplinas pronunció solemne el conjuro para multiplicarse. Una docena de brujas Pamplinas surgió en la habitación.
—¡Haced lo que yo haga! _les ordenó poniéndose a recoger los cachivaches caídos.
Sus dobles también lo hicieron:
—¡Yo lo cojo!
—¡No, lo cojo yo!
—Yo también lo cojo.
—No, lo debo coger yo.
—Y eso, ¿por qué?
—Porque sí.
—Porque sí yo también.
—Y yo.
—Y yo.
—Y yo.
—¡No, yo!
Y así siguieron nuestras brujas, agarrando todas el mismo jarrón, estorbándose unas a otras en lo que estaban haciendo, llevándolo juntas a duras penas e intentando ponerlo en su lugar. ¿Os lo imagináis? ¡Qué pesadilla!
Las doce brujas continuaron estorbándose en todo. Se empeñaban en coger la mesa por la misma pata. Se empujaban, se daban codazos, se apartaban unas a otras. ¿A que no está bien? Si en casa hiciésemos lo mismo, ¡menudo caos! (Un día de locos, libro 1).



18. En una ocasión, la bruja Pamplinas llevaba en su escoba a un extraño compañero de vuelo. Era el pedregoso Krong, a quien le daba mucho miedo volar. Por si no lo sabéis, los pedregosos son unos pequeños seres de roca viva, que miden unos dos palmos, habitan en regiones montañosas, se alimentan de tierra y musgo y cuidan su territorio.
Por un momento, nuestra bruja se distrajo contemplando el bonito paisaje, y su escoba casi choca con una bandada de gansos que volaban en formación. ¡Qué susto!
Pamplinas tuvo que hacer una maniobra brusca, y el pedregoso casi se cae de la escoba. El pobre, aterrado, se agarró a esta con todas sus fuerzas, y no dejó de gritar hasta el final del vuelo. Definitivamente, volar no era para él. Cuando aterrizaron, Krong, aliviado, besó el suelo de su querida montaña. ¡Qué maravilla, suelo firme bajo sus pies! (Dragón en apuros, libro 1).



19. ¿Os imagináis qué sucedió cuando la bruja Pamplinas untó los lunares del joven dragón Eskram con la pócima de invisibilidad? Ella quería que los lunares desaparecieran. ¿Crees que lo logró?
Pues sí lo logró. Los lunares desaparecieron.
—Parezco un queso gruyer, lleno de agujeros —sollozó desconsolado Eskram.
A Pamplinas no se le ocurrió nada mejor para arreglarlo que untar el resto del cuerpo del joven dragón con la pócima de invisibilidad. Le daba mucha pena verle lleno de agujeros. Cuando terminó, sólo se veían dos lastimeros ojos del dragón flotando en el aire. Cualquiera podría decir que nuestra bruja se había pasado. ¿No lo pensáis así? (Dragón en apuros, libro 1).




20. En la feria del pueblo vecino, la bruja Pamplinas quiso probar su puntería con el arco. La bruja cogió el arco y las flechas. Se puso en posición, preparó una flecha, tensó la cuerda, apuntó a la diana, cerró los ojos un instante para concentrarse mejor... Y, en ese momento, la cuerda se soltó con un sonoro "plin".
Pamplinas abrió los ojos muy preocupada, miró la diana y no encontró ninguna flecha. Miró alrededor y, por fin la vio. La flecha estaba clavada en una colmena, atravesándola de lado a lado. Se empezó a oír un amenazador zumbido, que iba creciendo, porque más y más abejas enfadadas salían de la colmena. El pequeño enjambre de enfurecidas abejas se dirigió hacia un toro que se encontraba cerca, rumiando apaciblemente la hierba. El animal se asustó y derribó una valla del corral de los cerdos. Estos se escaparon y se esparcieron por el prado con el sobresalto de sus dueños.
—¡Mis cerdos! ¡Mis queridos cochinos! ¡¡¡Ayuda!!! —chillaron los dueños de los cerdos.
Algunos vecinos del pueblo y visitantes corrieron a ayudarles a atraparlos, con distinta suerte: unos se montaron encima de los animales, como si de un rodeo se tratara; otros acabaron tirados en un charco de lodo; y otros cayeron de bruces sobre la hierba, etcétera, etcétera.
—¡Cómo me he puesto! —se quejaba un aldeano cubierto de barro.
—¡Condenado gorrino, ven aquí! ¡Te he dicho que vengas! —ordenaba un vecino enfadado sujetando a un cerdo por la cola.
—¡Que alguien me baje de este endemoniado! —gritaba un joven pueblerino montado sobre un cerdo al que agarraba de las orejas.
—¡Una red, una red! ¡Que traigan una red! —pedía uno de los dueños.
En fin, este increíble espectáculo duró un tiempo, y dio motivo de risa y comentarios para los presentes. Al terminar, nadie se acordaba de cómo había comenzado aquello, y la bruja Pamplinas se pudo escabullir sin mayor problema. ¡Qué pilla! (La feria del pueblo, libro 1).



21. Una noche, en el pueblo vecino, hubo baile. La bruja Pamplinas también bailó, aunque apenas sabía. Pisó varias veces los pies de su pareja de baile y se enganchó en el bajo del vestido de su vecina de la derecha, haciéndola caer a ella y a otros cuantos bailarines sobre la orquesta. Estos la regañaron, y no es de extrañar, ¡menudo alboroto! Un aldeano se cayó sobre la orquesta con tan mala suerte que su cabeza se metió en la tuba. El músico, enfadado, no pudo seguir tocando. ¡Qué líos arma nuestra bruja! Pero es muy divertida... (La feria del pueblo, libro 1).






22. ¡Esto sí que es una metedura de pata! ¡Nunca mejor dicho! Al levantarse por la mañana, la bruja Pamplinas se incorporó en la cama y metió los pies en lo que ella creía que eran sus zapatillas, pero que, en realidad, era el plato con agua del gato Milkifú. ¡Brrr, qué frío! ¿Os lo imagináis? (Un día de locos, libro 1).






23. En una ocasión, Pamplinas puso polvos de dragón en el chocolate del desayuno creyendo que era azúcar, y Milkifú, Luf y ella misma estuvieron echando fuego por la boca toda la mañana, como si fuesen dragones de verdad. Lo aprovecharon para hacer una estupenda barbacoa. ¡Desde luego, qué cosas tan extraordinarias suceden en la casa de la bruja Pamplinas! (Un día de locos, libro 1).





24. ¿Os imagináis a nuestra bruja lanzando entusiasmada bolas de nieve en todas direcciones, sin apenas mirar a quién? ¡Qué divertido es jugar con la nieve! Pamplinas hacía y hacía bolas todo lo deprisa que podía y las lanzaba a sus compañeros de juego. Tanto se emocionó que, sin darse cuenta, lanzó a la lechuza Luf creyendo que era una bola de nieve.
—¡Uf, uf, uf! ¡Qué loca! —se quejó Luf.


¿Vosotros también os entusiasmáis jugando a lanzarse bolas de nieve? ¡¿A que es divertido?! (Nieva en el bosque, libro 2).




25. Pamplinas lanzó con su escoba por los aires a Milkifú. Nuestro gato había tomado la pócima de empequeñecer y era muy pequeñito. Con mucha dificultad, se había subido a la mecedora. La bruja, sin las gafas, lo confundió con un ratón y lo echó fuera con la escoba. El pobre minino voló propulsado hasta chocar con la lechuza Luf, que se enfadó muchísimo con ese ratón tan feroz, que la atacaba en pleno vuelo. ¡Qué susto para ambos! (Milkifú en acción, libro 2).




26. La bruja Pamplinas, queriendo ayudar al genio Azú a encontrar su lámpara, convocó con un hechizo a todas las lámparas perdidas. ¿Os imagináis cuántas lámparas perdidas puede haber en el mundo? ¡Madre mía, cuántas! Todas ellas acudieron al bosque de nuestros amigos. La tierra tembló y se abrió con un sordo ruido. Las diferentes lámparas saltaban de sus grietas y se arrastraban por el suelo como serpientes. Al mismo tiempo, por el aire, llegaban lámparas de todas las direcciones. ¿Os imagináis una lluvia de lámparas? ¡Qué desastre! Esa peculiar lluvia, ¿sepultará el bosque entero? Para evitarlo, Pamplinas hizo que las lámparas formaran filas en el aire. Tantas filas hubo, que el cielo del bosque se cubrió entero de lámparas. Se hizo de noche antes de tiempo. ¡Menudo lío! ¿Cómo lo resolverá nuestra bruja? (El genio Azú, libro 2).





27. ¡Boom! ¡Qué gran explosión en la casa de la bruja Pamplinas! Nuestra bruja ha tenido un percance con una pócima. Un fogonazo verde salió por la chimenea despidiendo nubecillas amarillas y naranjas, que se disolvían en el aire, tiñéndolo de amarillo. Olía a caramelo quemado. El gato Milkifú, asustado, saltó por la ventana y subió entre maullidos a un árbol cercano. La lechuza Luf le siguió, chillando “¡Uf! ¡Uf! ¡Uf!”. Su plumaje gris tenía manchas de color naranja y la lechuza, muy nerviosa, perdía plumas mientras volaba. (El Monte Baldío, La bruja Pamplinas y el espejo mágico).






28. El mago y la bruja se sentaron frente a la chimenea y Pamplinas le ofreció una taza de té.
—¿Quiere azúcar? —dijo, mientras le acercaba un tarro de vidrio con bolas blancas que olían a naftalina.
—No, gracias. Té solo, por favor.
—Yo sí me voy a servir un par.
Pamplinas escuchaba atentamente al mago Aerl y, pensativa, removía el té. En esto, dio un sorbo, escupió y exclamó:
—¡Qué horrible!
Desde luego, los despistes de la bruja Pamplinas son tremendos. ¡Qué cosas le pasan! (El Monte Baldío, La bruja Pamplinas y el espejo mágico).





29. La bruja Pamplinas decidió preparar un desayuno muy rico junto al fantasma Rodrigo, el triste. Nuestra bruja, confiando en su memoria, no llevó su libro de recetas, por lo que las cosas no salieron siempre como esperaba. ¡Cuántas meteduras de pata tan dulces! ¡Qué jornada más divertida! Rodrigo, el triste, no paraba de reírse, a pesar de estar cubierto de harina, gominolas, pasas y otros ingredientes de repostería. La última guinda de tan deliciosa velada fue un colosal estallido, que despertó a todos los habitantes del castillo, que bajaron sobresaltados a la cocina para averiguar lo que había pasado, y se quedaron boquiabiertos al ver a la bruja Pamplinas y al fantasma cubiertos de crema, caramelos y gominolas, y riéndose a carcajadas, a cual más alto. (El Monte Baldío, La bruja Pamplinas y el espejo mágico).





30. La bruja Pamplinas, volando en su escoba, no calculó bien la distancia en una ocasión y aterrizó bruscamente, frenada por un gran arbusto, que la tapó con sus ramas. Los demás tuvieron que rescatarla de entre ellas. ¿Os lo imagináis? Pamplinas echaba hojas verdes por la boca al hablar. (El Monte Baldío, La bruja Pamplinas y el espejo mágico).






31. ¡Qué suceso tan increíble! Los trolls quisieron tomar un brebaje de la bruja Pamplinas para facilitar la digestión. Y ¿qué pasó? Nuestra bruja se equivocó de frasco y les dio la poción de floración que se le había mezclado por accidente con la de crecepelo. ¡Qué espectáculo! Los trolls se cubrieron de flores, como si fuesen gigantescas macetas andantes. Estaban la mar de guapos, sin embargo no parecían estar contentos: gritaban, daban botes y se arrancaban las flores de la cabeza. Por todas partes llovieron flores. ¡Qué lluvia tan bonita! (En el país de los trolls, La bruja Pamplinas y el espejo mágico).





32. Un día la bruja Pamplinas confundió el tarro de azúcar con las sales de frutas. ¿Qué creéis que sucedió? Pamplinas echó sal de frutas al chocolate caliente que estaba preparando y, ¡oh, sorpresa! se formó una pequeña montaña burbujeante de chocolate. ¡Qué cosas le pasan a nuestra bruja! (Una visita inesperada, libro 3).




33. ¿Os imagináis tomar una infusión relajante y subir por los aires hasta el techo? Es lo que le pasó a la bruja y a Milkifú. ¡Qué botes! ¡Qué choques! ¡Qué risas! Seguro que la bruja Pamplinas mezcló la pócima de levitación con la tila. Puede ser... Con ella todo puede ser. (Una visita inesperada, libro 3).








34. Una vez la bruja Pamplinas se confundió y echó a la tetera la pócima de floración en vez del té. Desde entonces la tetera y las tazas se niegan a hacer su trabajo. Les han crecido extrañas plantas de té, que dan flores redondas, blancas y brillantes. Esas flores se inflan y estallan esparciendo azúcar glasé. A Milkifú le encantan. Nuestro goloso no se separa de ellas. ¡Qué dulce! (El mercadillo de trueques, libro 3).




                                    



35. Un día Pamplinas confundió la escoba para barrer con su escoba mágica, la de volar. Nuestra bruja se montó en ella, cogió carrerilla y se lanzó contra la puerta... ¡Qué golpe! La vieja escoba de barrer se partió al chocar contra la puerta. ¡Qué cosas ocurren en la casa de la bruja Pamplinas! (El mercadillo de trueques, libro 3).





36. A veces nuestra querida bruja no se pone las gafas y dice los conjuros de memoria. Aquel día quiso airear las almohadas y... ¡menuda batalla de almohadas! Las almohadas se volvieron majaretas y se pusieron a saltar, a aplastarse unas a otras, a tirarse plumas, a chocar... ¡No había forma de pararlas! Las plumas volaban por toda la casa, como si fuesen una insólita nevada. ¿Te habría gustado verlo? A nosotros sí. (El mercadillo de trueques, libro 3).






37. ¿Y el atizador? ¿Qué ocurrió para que nuestros amigos no volvieran a saber de él? El atizador se marchó de casa. Se fue volando muy contento. Gritaba jubiloso: "¡Por fin libre! ¡ Adiós! ¡Adiós a todos! ¡Nunca más removeré ceniza! ¡¡A volar!!"
Tampoco aquella vez Pamplinas se había puesto las gafas. Ella quería que el atizador se moviera por sí solo y, ¡vaya si se movió! Sin pretenderlo, lo convirtió en un pájaro de hierro, y el atizador voló de casa. ¡Qué desbarajuste! (El mercadillo de trueques, libro 3).





38. Cuando la bruja Pamplinas cocina sin ponerse las gafas, cualquier cosa puede pasar... ¿Os imagináis tomar tomates cubiertos de caramelo? ¿Y las fresas con mahonesa? ¿Y la ensaladilla con nata dulce? Si Pamplinas cocina sin ponerse las gafas, la catástrofe culinaria está asegurada. ¿Os gustaría probar su sopa de gritos y susurros? Desde luego, resulta un plato entretenido. (Una apuesta arriesgada, libro 3).







39. Un día la bruja Pamplinas apostó que podía hacer todo muy bien sin gafas. Confundió a Luf con un jarrón y, como el jarrón no le contestaba y estaba muiy quieto, nuestra bruja pensó que su lechuza estaba triste. Para animarla, Pamplinas lanzó un hechizo y la casa de nuestros amigos se convirtió en una auténtica pista de baile. Bailaba la escoba, también los cojines, las tazas y la tetera, las velas, el reloj de cuco... La tetera soltaba nubes de vapor y chorritos de té cada vez que se movía o se agachaba. El cuco del reloj cantaba "cu-cú" al compás de la música. Hasta las telarañas del techo se agitaban con ritmo. Era la mar de divertido y bonito. Pamplinas disfrutó como una niña. (Una apuesta arriesgada, libro 3).







40. Aquel día, nuestra bruja preparó la poción de floración, pero no se dio cuenta de que en el caldero había quedado una mancha con restos de pócima de agrandar... ¡Menudo lío! La bruja echó unas gotasde poción en una maceta de margaritas y... ¡oh, qué raro! Las margaritas crecieron, crecieron y crecieron, hasta ocupar casi toda la habitación y asomarse por las ventanas. Sus blancos y enormes pétalos y sus amarillos estambres cargados de polen atrajeron a las abejas, que cubrieron las flores. ¡Qué horror! La casa de nuestros amigos no paraba de agitarse de tantas cosquillas. (Una apuesta arriesgada, libro 3).





41. "¡Quiero un pastel!", pidió Milkifú. Y nuestra bruja preparó un gran pastel de bizcocho con sorpresa dentro. ¿Qué sorpresa? El pastel creció y tembló... y estalló en mil pedazos, llenando la habitación de trozos de bizcocho y crema. ¿Era esa la  sorpresa? ¿O a lo mejor era la crema de chocolate del interior del bizcocho? (Una apuesta arriesgada, libro 3).








42. ¡Qué chifladura la de la bruja Pamplinas! ¡Qué ocurrencia la de limpiar la casa por dentro gracias a una tormenta, con rayos y todo! ¡Qué desastre! (Una apuesta arriesgada, libro 3).







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