Alguna aventura

Los árboles del plof

Érase una vez, en un bosque muy lejano, una bruja llamada Rosalinda de Riosín, pero a la que todo el mundo conocía como la bruja Pamplinas. Se ganó el sobrenombre a pulso, por sus numerosos despistes y meteduras de pata. Por ejemplo, en una ocasión, un aldeano le pidió la pócima para el dolor de muelas y ella le dio la poción de levitación. El pobre, al tomarla, empezó a elevarse en el aire, y flotó y flotó pidiendo auxilio. Todo el pueblo salió a intentar atraparle con sus cazamariposas. ¡Fue un acontecimiento inolvidable! Algunos aldeanos treparon por los árboles, otros le aguardaban sobre los tejados de sus casas. En fin, fue tan divertido que, mucho tiempo después, los niños seguían persiguiéndole por las calles y le pedían que flotara otra vez.

La bruja Pamplinas no era ni buena ni mala; era despistada, un poco torpe y muy miope. No tenía mal carácter, pero tampoco era muy sociable. No era ni joven ni vieja, ni gorda ni delgada, ni alta ni baja. Tenía el pelo castaño y los ojos azules, que brillaban alegres a través de sus gafas. Le gustaba montar en su escoba, hacer pociones mágicas y recoger bayas, raíces y setas en el bosque. Cuando estaba nerviosa, para relajarse, solía descansar cerca de la chimenea en su sillón preferido o en su mecedora, y hacer pompas de jabón.

Nuestra bruja vivía en una casa de madera con techo de paja, ventanas como ojos, una puerta que hacía de boca y unos pilares similares a dos piernas, que le permitían girar cuando le apetecía y podían estirarse y encogerse a voluntad, subiendo y bajando la vivienda. La casa de la bruja tenía su propio temperamento, de modo que, si llegaban visitas que no eran de su agrado, cerraba la puerta, las ventanas y, si no era suficiente, se giraba sobre sí misma, mostrándoles su parte trasera y emitiendo ruidos alarmantes. Con estas medidas, casi todos salían corriendo despavoridos.

La bruja Pamplinas vivía con un gato y una lechuza. El gato se llamaba Milkifú. Tenía el pelo negro y corto, y unos ojos verdes y expresivos. Era perezoso, dormilón y un tanto pasota. Solía escaquearse de los encargos de Pamplinas y hacerse el olvidadizo.

La lechuza se llamaba Luf. Era de tamaño mediano y plumaje gris. Tenía unos penetrantes ojos de color miel, y era vivaracha, inquieta, alegre y un tanto ruidosa, muy activa y optimista. Le gustaba participar en todo, hasta tal punto que, a veces, se anticipaba y actuaba a destiempo.

Esta aventura comienza una soleada mañana, en que nuestra bruja se despertó un tanto sobresaltada.
—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? —preguntó con energía.
—No. Nadie —maulló con desgana Milkifú.
El gato negro bostezó lentamente, entreabrió sus verdes ojos y los volvió a cerrar.
—No había nadie despierto. ¿A qué viene tanto alboroto? —farfulló y siguió dormitando plácidamente.
—Estoy nerviosa —explicó Pamplinas—. Hoy me toca recoger los frutos hincha-hincha-hincha-plof. Los necesito para algunas pociones. Y tiene que ser precisamente hoy, porque el árbol del plof da sus frutos sólo una vez al año, y estos se conservan en sus ramas sólo durante un día, y luego se hinchan, se hinchan, se hinchan y explotan.
Para quien no lo sepa, los árboles del plof crecen cerca del Río Sin, llamado así por ser un río de agua dulce sin azúcar. Pamplinas debía ir allí en su escoba para no tardar demasiado.
—A ver si esta vez llegas a tiempo y lo consigues —murmuró Milkifú medio dormido.
—Sí, el año pasado fue un auténtico fracaso —reconoció nuestra bruja con un suspiro—. Como me perdí en el bosque, cuando llegué adonde crecen los árboles del plof, los frutos estaban estallando uno tras otro. Los pocos que cogí me reventaron con un sonoro "plof" en las manos. ¡Cómo me mancharon con su jugo morado y viscoso, y a mi escoba también!
El gato negro se rió a gusto y se despertó del todo.
—Sí, me acuerdo muy bien —comentó entre risas—. Estuviste una semana entera morada. Daban ganas de lamerte, a ver a qué sabías. ¿Podrías repetirlo de nuevo?, por fa...
—No seas malo, Milkifú —dijo la bruja Pamplinas—. Esta vez voy a tener éxito. ¡Ya sé! Llevaré a Luf como guía para no perderme por el camino.

Y nuestra bruja saltó de la cama, se lavó la cara, se peinó y se vistió deprisa. Sin ponerse sus gafas, se dirigió a la lechuza. Le hablaba y le hablaba, y Luf la escuchaba con atención, o al menos eso es lo que Pamplinas pensaba.
—¿Lo has oído todo, Luf? —preguntó la bruja, mientras buscaba sus gafas.
Pero nadie le respondió.
—Luf, ¿duermes? ¡Despierta ya! Te necesito.
 Silencio.
—¡Dichosas gafas, dichosa memoria mía! ¿Dónde estarán? —murmuraba la bruja Pamplinas—. ¡Pues empezamos bien! Milkifú, ¿tú sabes dónde están?
 El gato bostezó con desgana, se estiró lentamente y dudó si merecía la pena acercarle las gafas, que estaban allí mismo. Por fin decidió darse la vuelta y seguir dormitando, pero entonces, rozó con su cola el codo de la bruja y esta, al mover el brazo, tropezó con sus gafas.
—¡Oh, gracias, querido Milkifú! ¡Qué bueno eres!
La bruja se puso las gafas y descubrió que antes había estado hablando con un jarrón, en vez de con la lechuza.
—¡Luf, bonita, ven pronto! —la llamó la bruja Pamplinas asomándose a la ventana.
La lechuza gris de ojos color miel acudió enseguida y la bruja le repitió sus planes.

Desayunaron todos juntos. Después, las dos amigas se prepararon para el viaje y emprendieron la marcha, dejando a Milkifú cuidando la casa.
Luf, impaciente, salió volando la primera y, tras ella, la bruja en su escoba. Sobrevolaron el bosque en el que vivían. La lechuza iba tan rápida que le daba tiempo para saludar a los conocidos y volver con Pamplinas. En un momento, la bruja Pamplinas se distrajo y perdió de vista a su amiga.
—Luf, ¿dónde estás? —gritó asustada—. Oh, ya te veo. Ahí estás. ¿Tan lejos? —y añadió—. ¿Perderme este año también, como el año pasado? ¡No! ¡De ninguna de las maneras!
Nuestra bruja agitó su varita mágica y pronunció solemne un conjuro dirigido a su escoba voladora:
—Quechufa, quechafe. Hasta que el vuelo acabe, sigue a esta ave.
Lo que no sabía la bruja Pamplinas es que se había confundido de pájaro. El que ella creía que era la lechuza, en realidad, era un martín pescador, que la llevó directamente al río, bajó en picado para buscar peces y, para asombro de la bruja, fue seguido por su escoba. Pamplinas perdió el equilibrio y, para no caerse del todo al agua, se agarró a la escoba con una mano y con la otra se remangó la falda, y frenó con los pies en la superficie del agua, para acabar haciendo un chapucero esquí acuático por el río.
—¡Yupi! ¡Yupi! ¡Qué divertido es esto! —exclamó alegre—. Gracias, Luf —continuó dirigiéndose al martín pescador, al que no veía bien porque tenía las gafas salpicadas de agua—, pero no tenemos tiempo que perder. Acuérdate, debo recoger los frutos hincha-hincha-hincha-plof.
En ese preciso instante, el pájaro al que seguía se zambulló en el río para atrapar un pez. Por supuesto, la escoba de nuestra bruja le imitó, y Pamplinas se sumergió en el agua.
Todos los que lo vieron: las ranas, los pájaros, los peces y los insectos, se rieron sin parar. La bruja Pamplinas emergió del río chorreando y soltando un chorrito de agua por la boca. Enseguida quitó el conjuro a su escoba voladora y siguió un rato más deslizándose por la superficie del río, como si de una pista de patinaje se tratase.
En esto, la lechuza Luf la encontró de nuevo. Contempló la escena, se paró en la rama de un árbol y se rió a gusto con las ranas.
—Estás muy graciosa, Pamplinas, pero tenemos que continuar. ¡Vámonos! —le dijo entre risas.
Tras unos minutos de descanso, reemprendieron su viaje río arriba, y, al mediodía, llegaron adonde estaban los árboles del plof.
—¡Mira, Luf! —le señaló la bruja—. ¡Cuántos frutos hincha-hincha-hincha-plof y qué hermosos son! Están en su punto para recogerlos.
—¿Te puedo ayudar? —preguntó solícita la lechuza.
—No, mejor no. Sabes que el truco para recoger los frutos sin que estallen es agarrarlos con ambas manos y agitarlos con fuerza de un lado a otro para marearlos, y después, arrancarlos. Y tú no puedes. Son demasiado grandes para ti, ¡casi de tu tamaño!
Pamplinas sacó de un bolsillo una diminuta bolsa y le susurró unas palabras mágicas, que la transformaron en un gran saco en el que cabría un montón de frutos hincha-hincha-hincha-plof.
La bruja Pamplinas se puso a la labor; meneaba los frutos con energía y decisión, mientras la lechuza sobrevolaba con curiosidad la escena.
—Un, dos y tres, ahora, al saco de una vez —marcaba nuestra bruja con ilusión el ritmo.
La lechuza Luf se posó en una rama del árbol del plof para observar tranquilamente lo que sucedía. La bruja recogía y recogía los frutos y, sin darse cuenta, agarró a la lechuza y la empezó a menear de un lado para otro. La pobre Luf, muda del sobresalto, no pudo articular palabra; muy mareada, se cayó del árbol, y Pamplinas tiró del fruto más cercano sin haberlo agitado. Este empezó a hincharse, a hincharse, cada vez más y más, y le estalló en la cara con su "plof" característico, cubriéndola con su jugo morado.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —se rieron los pájaros que miraban con mucho interés lo que hacía la bruja desde los árboles cercanos.
—Primo, ¿has visto a la pringada de allí abajo? Está morada y viscosa —comentó uno.
—¡Qué pánfila es! —contestó este—. Si hasta los polluelos de por aquí saben que cuando los frutos del árbol del plof empiezan a hincharse y a hincharse, uno debe salir pitando.
Luf no tenía ganas de reír, ni tampoco se enteró de lo que pasaba, puesto que seguía muy mareada y dando traspiés en el suelo. Balbucía aturdida:
—¡Esto es demasiado! No puedo más, no puedo más.
Mientras, Pamplinas se limpiaba el pelo y la cara, y murmuraba extrañada:
—No lo entiendo... ¡Con lo bien que lo había agitado! El fruto tenía que estar muy mareado. Yo me esforcé...
—¡Y tanto! —suspiró la lechuza tambaleándose.
Al poco rato, la bruja Pamplinas continuó recogiendo frutos hincha-hincha-hincha-plof. Morada pero contenta, terminó la tarea a media tarde. Ató el saco con los frutos a la escoba y, junto a la recuperada Luf, emprendió el viaje de regreso a casa.
Cuando llegaron, la casa no reconoció a la bruja. Se giró sobre sus patas y le enseñó su parte trasera, soltándole una sonora pedorreta.
—¡Que soy yo, tu Pamplinas! —dijo nuestra bruja.
—Sí, sí..., pamplinas y paparruchas —contestó ufana la casa—. Mi Pamplinas no es morada. Tú debes de ser su doble de otro planeta. ¡Pero no eres ella!
—¡Que sí, que soy yo! —insistió nuestra bruja—. Que me ha estallado un fruto hincha-hincha-hincha-plof.
—Es la excusa más tonta que he oído nunca. Seguro que lo dices para confundirme, para que te deje entrar —replicó la casa.
—Oye, casa, que viene conmigo —intervino paciente la lechuza—. A mí sí me reconoces, ¿verdad?
—No oigo. No oigo nada de nada —respondió la casa.
—¡Casa, déjame entrar! —repitió Pamplinas.
—La-la-la-la-la-la-la-la —canturreó la casa deprisa para no oír a la bruja.
—Bueno, o me dejas pasar o te convierto en un gigantesco iglú —habló muy seria Pamplinas, cansada de esperar.
—¡Huy, qué frío! Ahora que te oigo, creo que tu voz me suena.
La casa giró de nuevo y abrió su puerta. Por fin, la bruja Pamplinas y Luf pudieron entrar. Encontraron a Milkifú dormitando muy a gustito en el sillón. El gato negro abrió sus verdes ojos y se partió de risa:
—Veo que me has hecho caso y lo has vuelto a hacer —maulló entre risas—. A ver, a ver, ¿a qué sabes? —y le dio un lametón en la pierna—. ¡Puaf! No sabes a mora.
La lechuza Luf se retiró a su rincón preferido y no se movió de allí hasta la cena. La bruja Pamplinas se sentía cansada pero satisfecha: ya tenía suficientes frutos hincha-hincha-hincha-plof para preparar sus pociones mágicas.


Visita a Malignia

El búho Gruñón llegó volando a casa de la bruja Pamplinas. Traía un mensaje para ella de su prima, la bruja Malignia, que decía: "Ven a verme pronto, prima. Necesito que me ayudes en algunos asuntos. Te espero".
Pamplinas se sintió un tanto inquieta. Su prima le parecía muy extraña, porque siempre estaba de mal humor y disfrutaba perjudicando y haciendo daño a los demás. Por eso no tenía buena reputación entre los seres mágicos, a pesar de ser muy eficaz en sus brujerías. En una ocasión, petrificó a una bandada de pájaros, porque le molestaba su canto. En otra, transformó en lodo el tesoro de un dragón para verle llorar. No le gustaban ni las flores, ni las plantas, ni los seres vivos en general. El sol le causaba una especie de sarpullido en la piel en forma de manchas, que picaban y la volvían todavía más irritable de lo que solía estar. Por eso, vivía en una siniestra torre en lo alto de una montaña, cubierta siempre por unas nubes negras, que apenas dejaban pasar la luz del sol, e iluminaban la lúgubre casa de Malignia con sus rayos de tormenta.
La bruja Malignia iba vestida siempre de negro. Tenía la piel de un repugnante tono verdoso y unos brillantes ojos amarillos, que hacían encoger el corazón a cualquiera. Vivía con el búho Gruñón y un gato negro, llamado Ojotuerto, porque le faltaba un ojo.

—¡Luf! —llamó la bruja Pamplinas—, ¿quieres venir conmigo a visitar a mi prima Malignia?
A nuestra lechuza se le erizaron todas las plumas. Casi se cae del susto. Dijo muy deprisa, emprendiendo el vuelo:
—Tengo muchas cosas que hacer, muchas, muchas...
Y salió disparada por la ventana.
—Bueno, ¿y tú, Milkifú?
El gato negro se despertó de golpe. Abrió los ojos como platos y masculló con rapidez:
—¡No! Tengo que cazar ratones.
A continuación, saltó por la ventana y trepó a un árbol. Pamplinas se quedó sola, se encogió de hombros y decidió prepararse para el viaje. Un tiempo después, nuestra bruja partió sobre su escoba.

Pamplinas llegó a casa de la bruja Malignia de noche, aunque eso tampoco importaba, ya que en aquel lugar era siempre de noche. Llamó con la gran aldaba tres veces. La tierra retumbó. Se oyó un terrible aullido y la puerta empezó a abrirse lentamente con un horripilante chirrido.
—Pasa, prima. Te esperaba —se oyó una desagradable voz.
—¿Qué tal estás, Malignia?... Un momento.
La bruja Pamplinas sacó su varita mágica, la agitó en el aire y, con una sonrisa, dijo a su prima:
—Ya está, no te va a chirriar más la puerta, te la he arreglado.
Malignia palideció, mientras gruñía:
—Pues empezamos bien. Te he llamado —continuó— porque necesito unir nuestros poderes para hacer unas cuantas brujerías. Quiero rodear mi torre con un foso de lava ardiente para evitar cualquier visita indeseada. Por si esto no es suficiente, también deseo hacer crecer alrededor una selva impenetrable de zarzas y plantas carnívoras. Y, por último, quiero convocar a unos fantasmas para que me sirvan en casa.

La primera noche las dos brujas se pusieron con el foso. Sacaron sus varitas mágicas y, en lo alto de la torre, iluminadas por los rayos de tormenta, gritaron sus conjuros desafiando el viento. A la bruja Pamplinas se le mojaron los cristales de las gafas por la lluvia y no pudo seguir leyendo el hechizo. Le quedaban por pronunciar algunas palabras, que dijo de memoria. La tierra tembló y se abrió con un espantoso estruendo, al que siguió un silencio escalofriante.
—¡Qué raro! —comentó Malignia mirando el foso—. La lava no está incandescente, ni noto más calor. Bueno, descansaremos hasta mañana, y entonces veremos lo que ha sucedido.

A la mañana siguiente, Malignia se despertó con el olor a chocolate con churros recién hechos.
—¿Qué huele tan mal? —exclamó abriendo los ojos.
Al salir de su habitación, se dio cuenta de que su casa estaba diferente. Tropezó con la bruja Pamplinas, que venía sonriente a saludarla.
—¡Hola, prima! ¿Has dormido bien? Yo he tenido algunas pesadillas y no pude dormir. Así que he decidido ayudarte un poco en casa, te la he limpiado de polvo, he quitado todas las telarañas y le he echado un conjuro para que siga así durante años —contó satisfecha—. Ya veo que estás muy contenta. Te has quedado sin palabras, y noto en tus ojos lágrimas de agradecimiento.
La bruja Malignia siguió sin pronunciar ni una sílaba, temblando de pies a cabeza de rabia contenida.
—No tiene ninguna importancia, prima, somos familia —continuó Pamplinas—. Ven, vamos a desayunar. Espero que te gusten los churros con chocolate, a mí me chiflan.
Malignia seguía sin poder hablar.
Se dirigieron a la cocina y tomaron el desayuno. Resultó que Malignia odiaba los churros con chocolate.
—Prima, come un poco más. Que van a sobrar muchos... ¿Te pongo otra taza de chocolate?
Malignia se tomó una pócima de hierbas tranquilizantes porque empezaba a sentirse enferma.

Al acabar, las dos brujas se asomaron por la ventana, y vieron el foso alrededor de la torre, pero, en vez de lava incandescente, había una superficie roja y brillante.
—¿Qué es eso? —preguntó Malignia, y salió fuera para averiguarlo.
Se paró dudosa en el borde, y se inclinó para verlo más de cerca. En eso, Pamplinas, que venía corriendo detrás, no pudo frenar a tiempo, y la empujó sin querer. Se oyó un "splot", un grito ahogado, un silencio corto y:
—¡Oh, qué asco! ¡Es gelatina de fresa! ¡La odio! Me tendré que bañar.
Malignia salió corriendo al baño, mientras la bruja Pamplinas probó un poco de gelatina y dijo:
—¡Humm, qué rica! Esto es mucho más interesante que la lava incandescente.

Por la noche, Malignia apareció más taciturna que de costumbre.
—Prima —le habló Pamplinas—, he preparado la pócima para hacer crecer las plantas. Seguramente, la vamos a necesitar.
Las dos brujas se montaron en sus escobas y cruzaron el foso. Vertieron la pócima de crecer en un gran caldero. Pronunciaron los conjuros para hacer aparecer una selva de zarzas y plantas carnívoras. Malignia estuvo muy pendiente de lo que decía Pamplinas, porque ya empezaba a desconfiar de ella. Esta vez, las palabras del conjuro eran correctas, así que pensó que todo saldría bien. Sólo había que concentrarse e imaginar lo que se quería lograr. La bruja Pamplinas parecía muy concentrada. Lo que no sabía Malignia es lo que estaba pensando su prima: "Oh, qué bonito quedaría aquí un prado con muchas flores, mariposas de colores y animalitos... Tengo que imaginar una selva impenetrable de zarzas y plantas carnívoras. Pero sería una pena. Es mucho más divertido un prado lleno de vida... Tengo que imaginar una selva impenetrable de mariposas, flores y animales. Y, ahora que lo pienso, unos pajaritos no estarían mal. Tengo que imaginar un prado impenetrable lleno de flores, plantas y animales...".
Las dos brujas dirigieron sus varitas al caldero y exclamaron:
—¡Que se haga!
Del caldero surgió una nube púrpura que formó un anillo alrededor del foso y se deshizo en una fina lluvia. La tierra empezó a vibrar, y aparecieron brotes verdes por doquier. Las brujas, algo cansadas, se fueron a casa.

Al día siguiente, cuando bajaron a verlo, Malignia sufrió una crisis nerviosa. Delante de sus ojos se abría un vasto prado, repleto de flores, mariposas, abejas, pájaros y otros animalitos. Malignia se desplomó cuan larga era, perdiendo el conocimiento. Cuando recuperó el sentido, la bruja Pamplinas estaba a su lado, sujetándole una mano y diciéndole:
—Anímate, prima, nos ha quedado bastante bien.
Malignia se sentía muy enferma, apenas podía andar, le flaqueaban las piernas.
—A propósito —añadió como si tal cosa Pamplinas—, aprovechando que estabas quieta, te he arreglado esa piel tan fea que tenías. ¡Espero que te guste! Ahora es fina y sonrosada, y no verde y rugosa como la de un lagarto.
A Malignia le entró un tic en un ojo, que no podía controlar.

En la tercera noche, para conjurar a los espíritus, las dos brujas bajaron a las mazmorras. Aquello era un lugar siniestro y oscuro, con argollas en las paredes de las que pendían grandes cadenas, y varios aparatos de tortura por el suelo. La bruja Pamplinas sintió escalofríos, no le gustaba nada estar ahí. Malignia, lúgubre y con el ceño fruncido, la miraba desconfiada de reojo, entre tic y tic.
—Prima —dijo—, quiero invocar a tres espíritus para que me sirvan. No hay tiempo que perder, pues ya van a ser las doce.
Las dos brujas encendieron una hoguera, se pusieron a dar vueltas alrededor de ella, pronunciando sus conjuros y echando unos polvos mágicos a las llamas. Estas crecían y dibujaban extrañas formas en el aire. Pamplinas pensaba que a su prima le hacía falta alguien que le arreglara y limpiara la casa, que le cocinara sabrosos platos y que la ayudara a relajarse, porque la notaba muy tensa. De repente, sopló una extraña brisa y aparecieron unas tenues brumas, que se fueron condensando en tres figuras.
—¡Bien, por fin! —exclamó Malignia—. Sois mis siervos —proclamó con una sonrisita malévola—. Prima, subamos al comedor para descansar un rato. Y vosotros tres, ¡a trabajar!
Las dos brujas subieron al piso de arriba y se acomodaron en los sillones. Enseguida empezó a sonar un conmovedor solo de violín.
—¿Qué es ese ruido infernal? Se me están revolviendo las tripas —se quejó Malignia.
—Pues a mí me gusta —contestó Pamplinas—. Es muy relajante.
—¿Relajante? Me dan ganas de subirme por las paredes.
Malignia miró en la dirección de aquel sonido y vio estupefacta a uno de los fantasmas tocando el violín. Ante su atónita mirada, este le preguntó:
—¿No le gusta a la señora el violín? ¿Quizás prefiere un arpa?
Inmediatamente y sin que la bruja pudiera responder, el violín se disolvió en el aire y apareció un arpa, cuyos melodiosos acordes casi hicieron llorar a ambas brujas por muy distintos motivos.
Malignia no tuvo tiempo de reaccionar, porque desde el otro extremo de la habitación se le acercaba, deslizándose por el aire, una figura fantasmal sujetando una gran bandeja repleta de rica comida en cada mano.
—Les he preparado algo para picar. Espero que les guste. Ahora mismo voy a por más.
Malignia abrió la boca para gritar de espanto, pero en ese momento vio al otro fantasma sacando brillo a la lámpara que colgaba del techo, encerando el suelo y limpiando ventanas casi al mismo tiempo. La bruja Malignia no pudo soportar más; la habitación se desvaneció ante su vista y la pobre cayó al suelo, perdiendo el conocimiento.

Cuando Malignia se despertó, ya era de día. Su prima Pamplinas estaba a la cabecera de su cama.
—¡Oh, qué bien! Me tenías preocupada. ¿Quieres que haga algo más por ti?
La enferma se incorporó bruscamente en la cama.
—No, gracias, ya has hecho suficiente —. Y, tras un momento de silencio, añadió—: Eres mi prima y te respeto, tienes un poder terrible, pero no puedo más. ¡Vuelve a tu casa ya!
La bruja Pamplinas no lo tomó a mal. Echaba de menos a Luf, a Milkifú, su casa, su bosque, sus cosas...
—Prima, ¿quieres que vuelva a visitarte pronto, a ver cómo sigues?
—¡No, no!, no hace falta, ya iré yo a verte.
En eso quedaron. Nuestra bruja se montó en su escoba y salió volando por la ventana. Estaba satisfecha con su visita y pensaba que había ayudado mucho a su prima Malignia. Además, la había dejado bien acompañada por tres eficientes sirvientes. Y allí se quedaban también el foso de gelatina roja y el gran prado repleto de plantas, flores y animales.
—No está nada mal —se dijo contenta—. Sólo esas nubes negras siguen estropeando la estampa.
La bruja Pamplinas no se pudo resistir. Sacó su varita mágica, la agitó en el aire, pronunció un conjuro, y las nubes se separaron para dejar pasar el sol, que iluminó de lleno la torre de Malignia.
—¡PRIMAAAA...!
—Sí, Malignia, yo también te echaré de menos —contestó Pamplinas mientras se alejaba volando en su escoba.


La feria del pueblo

—¡Pamplinas! ¡Pamplinas! ¡Pamplinas! —llamó excitada la lechuza Luf entrando por la ventana en un vuelo atropellado—. ¡Traigo noticias!
—¿Sí? ¿Qué noticias? —preguntó la bruja Pamplinas dejando por un momento de regar las plantas. Nuestra bruja tenía un modo muy peculiar de regar las plantas: una pequeña nube de tormenta se desplazaba por arte de magia de una maceta a otra, descargando una suave lluvia.
—Verás, el cuervo Picolargo me ha contado que en el pueblo vecino se va a celebrar mañana una feria con mercadillo —continuó Luf.
—¡Qué interesante! —exclamó Pamplinas—. Seguro que habrá muchos puestos de distintos artesanos, exhibiciones y concursos.
—Sí, y competiciones, baile, fuegos artificiales... —añadió nerviosa la lechuza.
—Voy a participar —la interrumpió la bruja—. Voy a competir en el concurso de tartas, que el año pasado me quedé con las ganas.
—¡Ah! Y yo voy a participar en la exhibición de vuelo de aves rapaces.
—Buena idea —comentó la bruja Pamplinas—. Además, quiero ir a ver los puestecillos. Me gusta curiosear lo que traen los artesanos, y probar los platos y los dulces preparados por la gente. ¡Menuda miel tienen! ¡Y qué mermeladas, qué quesos, qué chocolate!
—No sigas, que me dan ganas de acompañaros —intervino el gato Milkifú relamiéndose—. Menos mal que soy prudente; es demasiado bullicio para mí.
—Sí, es verdad —habló preocupada Luf—. Yo tampoco me atrevo a volar entre tanta gente. Mejor me quedo en una rama alta de un árbol cercano y desde allí observo todo lo que pasa.
—Me parece bien —dijo Pamplinas—. Para el concurso de tartas voy a escoger una antigua receta de una sabrosísima tarta de cerezas. Es tan deliciosa que hace cantar de gusto al que la prueba.
—Pues me apetece mucho cantar —comentó el gato negro acicalándose los bigotes y mirando soñador a la bruja—. Podrías preparar otra pequeña tarta para mí, para que no me sienta tan solo en casa mientras vosotras vais a divertiros.
—Vale, goloso. Te la haré —prometió Pamplinas.

La bruja Pamplinas cumplió su palabra. El día de la feria, preparó muy temprano dos tartas de cereza: una grande y una pequeña. La grande la redujo y la llevó bien empaquetada en un bolsillo. La pequeña la dejó sobre la mesa del comedor.
Acto seguido, la bruja se fue volando sobre su escoba en compañía de Luf. Unos minutos más tarde, Pamplinas aterrizó en el bosque cerca del pueblo, hizo empequeñecer la escoba, la metió en un bolsillo y se encaminó hacia la feria. Luf la seguía a distancia. La feria se celebraba en un prado a las afueras del pueblo. Ya había mucha gente. Se veían hileras de puestecillos muy diversos. Los campesinos y visitantes iban de uno a otro, mirando, probando, negociando y hablando.

Luf se quedó en una rama de un árbol no muy lejano para observar, y Pamplinas se mezcló con la muchedumbre. La bruja miraba con verdadero interés los puestos de artículos exóticos traídos de lejanos lugares, así como de telas, objetos de madera y alfombras.
—Respetable señora, veo que le llama la atención esta alfombra —le habló un vendedor de aspecto extraño, con un turbante en la cabeza—. Se ve que usted entiende y es una compradora experta y exigente —continuó con una sonrisa amable y simpática—. Esta alfombra, traída del lejano Oriente, es muy antigua. No es una alfombra cualquiera. Es una alfombra mágica —añadió en voz baja mirando a los lados, como si tuviese miedo de que alguien más le oyera.
—¿Una alfombra mágica? —repitió sorprendida Pamplinas—. Y ¿qué hace?
—Esta alfombra puede volar —explicó solemne el vendedor, juntando las palmas de sus manos por delante del pecho y jugueteando con los dedos.
—¿Sí? ¿De verdad? Yo ya tengo una escoba voladora —contestó nuestra bruja como si tal cosa.
—¿Sí? Pero, ¿a que no puede tumbarse plácidamente encima de ella? En mi alfombra, sí. Es de total garantía. Tratándose de usted, se la vendo barata.
—Bueno, lo pensaré. Muchas gracias —se despidió Pamplinas.

La bruja Pamplinas siguió paseando entre los puestecillos. Se detuvo frente a uno de hierbas aromáticas, infusiones, incienso y distintos remedios. En un momento, levantó la mirada y se fijó en una bella joven, cuyos amarillos y familiares ojos la hicieron estremecer.
—¡Hola, Malignia! ¿Cómo tú por aquí? ¡Qué gusto verte de nuevo! —le dijo Pamplinas.
La joven balbució:
—¡Yo no soy tu prima! ¡Yo no estoy aquí! ¡Y tú no me has visto! Y además, ya me voy —tras lo cual, se dio media vuelta y salió despavorida.
Pamplinas se encogió de hombros, y pensó: "¡Qué rara es! ¡Con lo bien que lo podríamos haber pasado juntas!"

Nuestra bruja llegó al puesto del pescadero. Este estaba triste y solitario, porque nadie se acercaba. Además, la gente se tapaba la nariz al aproximarse y cambiaba de dirección. A Pamplinas le dio mucha pena aquel hombre y sus malolientes peces, y decidió ayudar un poco. Agitó disimuladamente su varita mágica y el aire empezó a oler a romero y limón. Era tan agradable que invitaba a pararse y disfrutar oliendo. A la vez, los peces coleaban muy vivaces y se agitaban como si los acabaran de pescar. Una gran trucha se levantó sobre su cola y dijo en voz alta:
—¡Pasen y vean! ¡Pescado fresco, vivito y coleando! ¡Vengan antes de que se escape!
Los visitantes se paraban frente al puesto.
—¡Mamá, mira, este pez habla! —señaló un niño.
—No, hijo, los peces no hablan, es el vendedor, que es ventrílocuo —explicó la madre—. Lo hace tan bien que ni se nota que mueve los labios.
A todo esto, el pescadero no decía ni "mu". Bendecía su inexplicable suerte y vendía más y más peces.

La bruja Pamplinas se fue alejando del lugar y llegó al extremo de los puestos, donde un grupo de gente estaba practicando tiro con arco. Pamplinas, satisfecha y contenta consigo misma, pensó: "Hoy todo me sale bien. Voy a probar mi puntería con el arco". La bruja cogió el arco y las flechas. Se puso en posición, preparó una flecha, tensó la cuerda, apuntó a la diana, cerró los ojos un instante para concentrarse mejor... y, en ese momento, la cuerda se soltó con un sonoro "plin".
La bruja Pamplinas abrió los ojos muy preocupada, miró la diana y no encontró ninguna flecha. Miró alrededor y, por fin, la vio. La flecha estaba clavada en una colmena, atravesándola de lado a lado. Se empezó a oír un amenazador zumbido, que iba creciendo, porque más y más abejas enfadadas salían de la colmena. El pequeño enjambre de enfurecidas abejas se dirigió hacia un toro que se encontraba cerca, rumiando apaciblemente la hierba. El animal se asustó y derribó una valla del corral de los cerdos. Estos se escaparon y se esparcieron por el prado con el sobresalto de sus dueños.
—¡Mis cerdos! ¡Mis queridos cochinos! ¡¡¡Ayuda!!! —chillaron los dueños de los cerdos.
Algunos vecinos del pueblo y visitantes corrieron a ayudarles a atraparlos, con distinta suerte: unos se montaron encima de los animales, como si de un rodeo se tratara; otros acabaron tirados en un charco de lodo; y otros cayeron de bruces sobre la hierba, etcétera, etcétera.
—¡Cómo me he puesto! —se quejaba un aldeano cubierto de barro.
—¡Condenado gorrino, ven aquí! ¡Te he dicho que vengas! —ordenaba un vecino enfadado sujetando a un cerdo por la cola.
—¡Que alguien me baje de este endemoniado! —gritaba un joven pueblerino montado sobre un cerdo al que agarraba de las orejas.
—¡Una red, una red! ¡Que traigan una red! —pedía uno de los dueños.
En fin, este increíble espectáculo duró un tiempo y dio motivo de risa y comentarios para los presentes. Al terminar, nadie se acordaba de cómo había comenzado aquello y la bruja Pamplinas se pudo escabullir sin mayor problema.

Pamplinas prosiguió caminando entre puesto y puesto. Un aldeano, al que había curado de un dolor de muelas, la reconoció y la saludó:
—¡Hola, gran hechicera Rosalinda de Riosin! ¿Quieres probar mi pastel de queso? Lo he hecho con mucho cariño. Como ya no me duelen las muelas te voy a acompañar. ¿Ves?, puedo comer de todo.
—¡Oh, gracias! Con mucho gusto probaré tu pastel —respondió nuestra bruja con una sonrisa.
—Y échale mi miel, que está riquísima —sugirió el aldeano.
Tras este dulce rato, la bruja se animó un poco y se fue a ver el puesto de los pájaros. Había periquitos, jilgueros, ruiseñores y canarios. Los ruiseñores interpretaron un dúo en su honor. Fue una bonita melodía, que hizo que todos los visitantes de los alrededores dejaran lo que estaban haciendo y se acercaran a escuchar absortos.
—Y ahora que me acuerdo, ¿qué estará haciendo mi querida Luf? —se preguntó Pamplinas cuando terminó el dúo de los ruiseñores—. Seguro que está nerviosa antes de la exhibición de vuelo de aves rapaces. Muchas gracias por vuestra bella canción —les dijo a los pájaros cantores—, pero me tengo que ir ya.

La bruja Pamplinas se despidió de los pájaros y se fue a buscar a su fiel lechuza. Luf seguía posada en el mismo árbol en el que la dejó.
—¡Uf, uf, uf! ¡Por fin! —suspiró la lechuza aliviada al verla—. Llevo toda la mañana paseando por esta rama sin atreverme a volar —contó nerviosa—. Y, además, ya va a comenzar la exhibición en la que quiero participar. ¡Vámonos ya, bruja despistada!
—Bueno, bueno. Vamos allá —dijo Pamplinas.
Luf se posó en el hombro de la bruja y las dos amigas llegaron justo a tiempo para la exhibición de vuelo de aves rapaces. Primero salieron los halconeros del rey con sus nobles halcones, que ofrecieron una espléndida demostración de sus habilidades. El público aplaudió entusiasmado. Después, un cazador trajo un búho real amaestrado, que dio varias vueltas al prado y descendió sobre su brazo. Tras él, le tocó el turno a un águila imperial, que planeó majestuosamente sobre las cabezas de los presentes, provocando su admiración. Luego salió Luf, intimidada, muy nerviosa y con demasiadas ganas de volar. Voló de un extremo del prado al otro a gran velocidad. Después empezó a hacer zigzag en el aire, perdiendo alguna pluma, y siguió dando vueltas de forma caótica, chillando:
—¡Uf, uf, uf!
Parecía que iba a estallar en el aire.
—¡Cuidado, cuidado! ¡Está loca! —gritó alguien.
—No, no está loca, es que se alegra mucho de volar ante este respetable público —contestó Pamplinas.
Luf se paró en el aire, hizo algo parecido a una reverencia y se fue volando directamente al bosque. De lejos le llegó el aplauso de la gente, sorprendida por su insólito modo de volar, y los "bravos" de la bruja Pamplinas.

Ya era la hora del concurso de tartas. En varias mesas de madera, grandes y alargadas, estaban dispuestas muchas tartas. Las había de fresa, de chocolate, de manzana, de queso, de crema, de caramelo, de turrón, de nueces, pasas y miel, de frutas del bosque, distintos bizcochos, etcétera..., a cual más apetitosa. Entre ellas, la bruja, muy ilusionada, colocó su mágica tarta de cerezas.
En otra mesa aparte, había una gigantesca tarta cubierta de nata, guindas y almendras fileteadas, preparada por el pastelero real. Esta no participaba en el concurso, porque era un presente del rey para todos.
Los cinco miembros del jurado iban probando una a una las tartas y anotando sus impresiones en un tablero. Uno de los jueces, rechoncho y bonachón, se paraba a menudo y retrocedía para probar de nuevo alguna de las tartas, porque, según él, se le había olvidado cómo sabía, aunque los demás creían que era demasiado goloso. Al parecer, las tartas estaban todas deliciosas, ya que los jueces se relamían de gusto con cara de felicidad, y exclamaban de vez en cuando:
—¡Oh, qué rica! ¡Sabe a gloria! ¡No he comido nada igual! ¡Esto es insuperable!
Al probar la tarta de cerezas de la bruja Pamplinas, el juez goloso, para sorpresa de todos, cantó con voz aguda de tenor:
—¡Esto es maravilloso!
Otro juez con voz de bajo le hizo el contrapunto:
—Estoy de acuerdo contigo. Me pido otro trozo más.
Una mujer con voz de contralto le contestó cantando:
—De eso nada. Dejad algo para los demás.
Esto se estaba convirtiendo en algo parecido a una ópera improvisada. El cuarto juez cantó con una voz indefinida:
—¡La quiero para mí!
Los otros cuatro le respondieron a coro:
—Ni hablar. Y cállate, porque desafinas como un asno.
—¿Qué yo desafino? —cantó el juez.
—Más bien rebuznas —le contestaron los otros a coro.
—Pues mi abuela decía que cantaba muy bien —desafinó con voz chirriante.
—Tu abuela debía de estar sorda para decir eso —le respondieron los otros.
—Sordos lo seréis vosotros, que no tenéis oído musical —graznó desentonando el juez.
Una mujer del público exclamó con desespero:
—¡Que se calle, que me está rompiendo los tímpanos y me voy a desmayar!
El juez que desafinaba cogió enfadado una tarta y se la lanzó con ganas, acertándole en la cara. La juez de la voz de contralto cantó:
—¡A mi hermana, has dado a mi hermana!
Y, a su vez, agarró una tarta y la estampó en la cara del agresor. Este la emprendió a tartazo limpio contra el resto del jurado y la batalla se extendió a todo el público. En poco tiempo, los presentes dejaron de ser reconocibles; estaban cubiertos de distintas cremas de todos los colores, trozos de tartas y bizcochos, ¡parecían unos monstruos muy dulces! Muchos, entre lanzamiento y lanzamiento, probaban la "munición". Había empujones, balanceos, resbalones, y, en uno de ellos, el juez goloso, para el horror de todos, cayó sobre la gigante tarta real y cantó:
—¡Está buenísima!
Fue como una invitación a los demás para tirarse a la tarta. En fin, fue una gran batalla, dulce y divertida.

Por la noche hubo baile. Incluso la bruja Pamplinas bailó, aunque apenas sabía. Pisó varias veces los pies de su pareja y se enganchó en el bajo del vestido de su vecina de la derecha, haciéndoles caer a ella y a otros cuantos bailarines sobre la orquesta.
—¡Mire por donde pisa, señora! —le decían.
—¡Qué desastre! —se oía por doquier.
—Señor, ¿le importaría sacar su cabeza de mi tuba? —pidió un músico—, que tengo que seguir tocando.
—Eso me gustaría a mí —refunfuñó una apagada voz desde la profundidad del instrumento musical.

Ya bien entrada la noche, la feria terminó con unos bonitos fuegos artificiales, y la bruja Pamplinas, muy contenta, se fue volando sobre su escoba a casa. Cuando llegaba, escuchó las voces de Milkifú y de Luf cantando a dúo, y un coro de vocecitas de ratones acompañándoles.
Esta feria se recordó durante muchos, muchos años en el pueblo.


Nieva en el bosque

La bruja Pamplinas se despertó, abrió sus azules ojos y contempló su casa. Aparentemente, porque sin gafas no veía bien, todo estaba en orden. Milkifú, el gato negro, dormitaba en la mecedora, frente a la chimenea. Hacía una soleada mañana de invierno y en la cama se estaba muy a gusto. Pamplinas se estiró, bostezó y se tocó el pelo, comprobando que estaba hecho un auténtico revoltijo.
En ese instante, se abrió bruscamente la ventana y Luf, la inquieta lechuza gris de ojos de color miel, entró volando muy entusiasmada.
—¡Asomaos, asomaos! ¡Qué bonito está todo! —exclamó con entusiasmo—. Ha nevado por la noche y el bosque está blanco. ¡Qué bien!
Milkifú apenas se movió. Masculló con desgana:
—¡Puaf! ¡Qué acontecimiento! ¡Estamos de enhorabuena!
Se dio la vuelta y siguió durmiendo.

La bruja Pamplinas se incorporó en la cama y, al levantarse, metió los pies en lo que ella creía que eran sus zapatillas.
—¡Uf, qué frías están y qué mojadas! ¡Qué raro! —murmuró.
—De raro nada —intervino Milkifú abriendo sus verdes ojos—. Como que has metido los pies en mi plato de agua. Ya la estás cambiando, porque no pienso beber de ahí —exigió bostezando—. Y, por favor, ponte las gafas, que no queremos ningún desastre desde tan temprano, como aquella vez que pusiste polvos de dragón en el chocolate del desayuno creyendo que era azúcar y estuvimos echando fuego por la boca toda la mañana.
—Sí, pero hicimos una estupenda barbacoa —comentó la bruja—. Y, en cuanto a mis gafas, no sé dónde están, no me acuerdo de dónde las he dejado.
Luf, solícita, se las trajo al momento.
—Aquí tienes tus gafas. Estaban en la mesa, junto al Gran y Gordo Libro de Magia.
—Ah, sí, sí. Muchas gracias —dijo Pamplinas—. A ver esa nieve.
La bruja se asomó por la ventana. El aire helado impactó en sus mejillas haciendo que se despertara del todo.
—¡Oh, qué gusto! Me siento llena de energía.¡ El bosque está precioso tan blanco! —exclamó—. Venga Luf, Milkifú, vamos a desayunar y a dar un paseo. ¡Es una mañana tan hermosa!

La bruja Pamplinas preparó chocolate caliente y churros. Y hasta el gato se espabiló con el delicioso olor que impregnó la habitación. Los tres se sentían felices desayunando juntos.
—Nos tenemos que abrigar muy bien para salir. ¿Queréis que os saque vuestros gorros y bufandas? —preguntó la bruja.
—Sí, a mí la gorra de aviador —contestó alegre Luf—. ¡Me encanta!
—Yo no voy —respondió el gato—. Estoy muy calentito en casa, y los sobresaltos no me van.
—Anda, haz un esfuerzo—insistió Pamplinas—. Seguro que lo pasaremos bien. Hace mucho que no vemos la nieve. Y podríamos saludar a nuestros amigos...
—Vale, iré —dijo Milkifú bostezando y estirando con pereza sus patas delanteras—... Pero quiero la bufanda roja y las orejeras. Me abrigan bien y me gustan.
—¿Quieres también las botas? —preguntó la bruja.
—No, de gato con botas nada. Aunque un trineo no estaría mal. Me podría acurrucar en él y tú me llevarías —propuso el minino arqueando su cola.
—De acuerdo, a mí me gusta manejar el trineo. ¿Y sabéis lo que también me chifla? Pisar los charcos helados, oír cómo crujen al resquebrajarse el hielo y ver los dibujos que se forman. Sólo de pensarlo me entran ganas de salir corriendo para hacer la ruta de los charcos helados —confesó Pamplinas con una sonrisa juguetona.
—¡Qué loca! A ver si te confundes, pisas uno profundo y te mojas los pies —gruñó Milkifú—. Constipado asegurado.

Al poco rato, los tres, bien abrigados, salieron de la casa. Luf volaba deprisa. Estaba muy graciosa con su gorra de aviador.
—Pamplinas, el tejado de nuestra casa está completamente blanco. ¡Cómo resplandece al sol! —comentó desde lo alto—. Parece de azúcar.
Al oír a la lechuza, la temperamental casa, sin más comentarios, se sacudió descargando la nieve de su tejado sobre Pamplinas y Milkifú. Los dos amigos desaparecieron bajo sendos montones de nieve.
—¡Ja, ja, ja! —se rió la casa encantada.
La lechuza tampoco se pudo contener:
—¡Ja, ja, ja!
Los montones de nieve se agitaron, y la bruja y el gato asomaron sus cabezas cubiertas de nieve.
—Ya sabía yo que me tenía que haber quedado en casa —refunfuñó Milkifú temblando—. Y tú, Luf, no te rías, la próxima vez podrías tener el pico cerrado y no dar ideas nefastas. Los demás te lo agradeceríamos —añadió enfadado y sacudiéndose la nieve.
—Bueno, no pasa nada. Todo va bien —dijo la bruja Pamplinas sonriendo—. Ha sido muy refrescante y tengo ganas de seguir jugando con la nieve. Vayamos al bosque. A ver a quién nos encontramos.

Así hicieron. Los tres fueron abriéndose camino por el blanco inmaculado de la nieve. A lo lejos, se veían pisadas de un conejo, que, al doblar un montículo, se transformaron en pisadas enormes como huellas de un animal grande. Además, ese ser dejaba un rastro lineal que parecía corresponder a su cola.
—¿De quién serán estas huellas? No las reconozco —comentó curiosa la bruja.
—Deberíamos volver. No vaya a ser un monstruo peligroso —intervino el gato.
—Venga ya, Milkifú —contestó Luf—. Voy a ver las huellas de cerca.
La lechuza voló hacia ellas y aterrizó a unos pasos de distancia. Luf, prudente, fue acercándose a las huellas dando saltitos hasta que...
—¡Oy!
—Luf, ¿dónde estás? No te veo —llamó Pamplinas.
—Estoy aquí. Me he hundido en la nieve. ¡Socorro! ¡Sálvame!
—Voy, voy.
Y la bruja se fue corriendo hacia donde desapareció la lechuza, hundiéndose a su vez en la nieve hasta la cintura.
—¡Pues estamos bien! —murmuraba Pamplinas, mientras buscaba entre la nieve a la desaparecida—. Ah, sí, ya te tengo.
La bruja Pamplinas, tirando del gorro de la lechuza, sacó fuera a su compañera.
—¡Buf! ¡Qué frío! —exclamó Luf, sacudiéndose la nieve—. No sé si podré mover mis alas para volar.
—Eso, seguid haciendo el tonto y veréis qué resfriado vais a coger —intervino sarcástico el gato—. Menos mal que yo estoy a salvo en el trineo.
Justo entonces una bola de nieve apareció volando en el aire, y le dio de lleno en la cara. El minino sólo tuvo tiempo de cerrar los ojos. El golpe fue mayúsculo, y le derribó fuera del trineo. Milkifú se hundió en la nieve hasta el cuello. Su roja bufanda y las orejeras destacaban extrañamente sobre el blanco de la nieve.
—Jua, jua, jua —se rieron la bruja y Luf—. Ya estamos empapados los tres. ¿Estás bien?
—Desde luego que sí —dijo el gato muy enfadado—. ¡Me niego a seguir! ¡¡QUIERO VOLVER A CASA AHORA!! ¿Me oyes, Pamplinas? ¡Quiero que se haga! ¡Quiero que tú lo hagas!
—Como tú desees —respondió la bruja encogiéndose de hombros.
Pamplinas sacó su varita mágica, la agitó y dijo:
—Trineo, lleva a Milkifú a casa lo más rápido que puedas.

El gato negro saltó gustoso al trineo, que, enérgico, se sacudió y, a gran velocidad, se dirigió directo a casa. En su afán por cumplir la orden que se le había dado, atravesaba, sin disminuir de velocidad, matorrales cubiertos de nieve, montículos y baches. El pobre gato tragó ramas y escarcha. Con cara de velocidad y ojos desorbitados, se agarraba con todas sus fuerzas al trineo, e iba de sobresalto en sobresalto. Su roja bufanda se agitaba al viento como si fuera una bandera.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡No tan deprisa, que me estás matando! No lo resistiré —protestaba Milkifú a gritos—. ¡Cuidado con ese arbusto! ¡Aaaay! ¡Qué día más horrible estoy teniendo! ¡Pamplinas, bruja loca, haz que pare este tormento! Y además, el trineo no tiene cinturón de seguridad. ¡Voy a morir!
Justo entonces, el trineo se paró en seco a un metro de la casa, y el gato salió disparado por los aires, entrando bruscamente por la ventana. Como gato que era, cayó de pie, todo mojado, con el pelo helado de punta, cara de terror y temblando.
—¡Por fin en casa! Hogar, dulce hogar. No vuelvo a ir a la nieve nunca más. No me convencerán. ¡Ay, mi chimenea preciosa! ¡Cuánto te quiero! —añadió estirándose frente al chispeante fuego.
Pasados unos minutos, se le oía ronronear de gusto, ya más calmado.
—¡Qué bien se está en casa! —repetía complacido.

Mientras tanto, en el bosque, la bruja Pamplinas y Luf iban a averiguar de dónde vino aquella bola de nieve. Parecía provenir de la misma dirección que las misteriosas pisadas.
—Pamplinas, detrás de esta montaña de nieve se oyen gritos y risas —dijo la lechuza.
—Sí, vamos a ver. Quizás sean nuestros amigos —respondió nuestra bruja.
Las dos compañeras salieron volando y, enseguida, detrás de la montaña de nieve, encontraron un alegre grupo de habitantes del bosque, enzarzados en una pelea de bolas de nieve.
—¡Toma! ¡Ahora sí! Ya te acerté. ¡Por fin! —exclamó Prink, el gnomo, dando de lleno con una bola al conejo Saltarín.
—Con que, ¿esas tenemos? Ahora verás. ¡Espera, no huyas!
Y el conejo lanzó una bola, que accidentalmente dio en pleno vuelo a Pamplinas, llenando de nieve sus gafas.
—No veo nada. ¡Cuidado!
—¡Peligro, peligro! ¡Bruja descontrolada a la vista! ¡Despejen, despejen! —avisó preocupada Luf.
La bruja Pamplinas fue a parar directamente a un pino, chocando con sus ramas. Estas se agitaron, soltando su carga de nieve, y sepultando a Prink, que se encontraba debajo.
—¿Ves? Te di —afirmó triunfante Saltarín.
Pamplinas se liberó de las ramas y bajó del árbol para participar en la pelea de bolas de nieve.
—¡Yo también quiero! ¡Qué divertido! —gritaba ilusionada, mientras cogía nieve y lanzaba bolas en todas direcciones, sin apenas mirar a quién.
—¡A por ella! ¡Todos a la vez! —chillaron los demás.
La bruja salió corriendo y se escondió detrás de lo que creía que era una roca. Luf la siguió para ayudarla con las bolas. Pamplinas hacía y hacía bolas todo lo deprisa que podía y las lanzaba a sus perseguidores.
—¡Huy! ¡Huy! ¡Huy! ¡Eh! ¡Que soy yo, bruja chiflada! —protestó la “bola” que acababa de lanzar, que resultó ser Luf.
—Lo siento. Pero no puedo parar. ¡Me atacan! —contestó a voces la bruja Pamplinas riéndose con ganas.
De repente, la roca, que recibía la mayor parte de las bolas de nieve dirigidas a la bruja, se movió quejándose:
—Yo me voy de aquí. ¡Qué abuso! No vale esconderse detrás de otro.
Era el troll que vivía en el bosque. El gigantón se quedó un momento pensativo, recogió un enorme montón de nieve, y se lo tiró encima a la bruja:
—¡Toma, por abusona!
—¡Socorro! ¡Me han cogido! ¡Estoy hecha un montículo de nieve! —gritaba riendo la bruja.
—Pareces un muñeco de nieve, Pamplinas —comentó Prink.
—Sí. ¡Qué buena idea! Podríamos hacer muñecos de nieve —propuso un castor.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Vamos! —le apoyaron los demás.
Los habitantes del bosque se pusieron a la labor. Hacían rodar las bolas de nieve, que se volvían más y más grandes. Los más fuertes ayudaban a los más pequeños y, así, los muñecos de nieve de distinto tamaño y forma aparecían por doquier.
—Necesitan narices, bufandas y sombreros —dijo Luf.
—Yo tengo una zanahoria que podría servir —habló un conejo con raquetas en los pies que arrastraba una zanahoria.
—¡Ah, tú eres el monstruo peligroso! —adivinó Pamplinas.
—¿Yo, un monstruo? —se extrañó el conejo—. ¿Qué dices? ¿Estás mal de la cabeza?
—No, no. Perdona. Es que vimos tus huellas y pensamos que podría tratarse de un monstruo que había llegado al bosque —explicó nuestra bruja.
—Pues ya ves que no. Soy un alegre conejo y esta zanahoria era para mi merienda —aclaró el animalito.
—Bueno, la merienda corre de mi cuenta. Ya prepararemos algo —dijo Pamplinas—. Ahora, vamos a terminar de hacer los muñecos de nieve. Veréis qué divertido.

Y la bruja Pamplinas agitó su varita mágica y del cielo llovieron bufandas de colores y diversos gorros. Los animalitos los cazaban al vuelo con entusiasmo e intercambiaban los que no les gustaban.
—Busco una bufanda naranja y doy un sombrero de copa —gritaba una ardilla.
—Toma. Te cambio la bufanda.
—Yo quiero un bombín, pero que no sea muy grande, porque el que tengo le tapa toda la cabeza a mi muñeco de nieve.
—Aquí está. Y tú, ¿qué me das?
—Te doy este gorro con una flor. Es muy coqueto.
—Pamplinas, nos hacen falta más narices —recordó Prink.
—Ahora mismo.
La bruja agitó su varita y de la nieve empezaron a asomar brotes verdes.
—¡Qué bonito!¡Zanahorias que salen de la nieve! —exclamaron los conejos—. ¿Es el paraíso o estamos soñando? ¡Venga, vamos a cogerlas!
Y los animalitos tiraron de las hojas y sacaron unas hermosas zanahorias.
—¡Ayuda! Esta zanahoria no sale —se quejó una ardilla.
—Ya voy yo —se prestó el troll, tirando con ganas de la ardilla, que salió volando por los aires y aterrizó temblorosa sobre un gran muñeco de nieve.
—¡Qué-qué bruto!—profirió tartamudeando.
—No, si encima se queja. Le he hecho todo el trabajo —replicó molesto el troll—. Será desagradecida...
Los muñecos de nieve ya tenían sus narices.
—¡Qué bien nos han quedado! Sólo les falta hablar y moverse —comentó admirada Luf.
—¿Por qué no? —dijo Pamplinas agitando su varita mágica y pronunciando un conjuro.
—¡Encantado, señora! —saludó un muñeco de nieve quitándose el sombrero.
—¡Buenos días! —dijo otro—. ¡Hace un día espléndido! Y ¡qué compañía más interesante!
—Oh, este sombrero me tapa los ojos. ¡Eh, el del sombrero diminuto!, ¿quieres cambiarlo? —se oyó decir a un muñeco.
—Pues yo no veo nada. Se han olvidado de ponerme los ojos. Alguno que me ayude, por favor —se lamentó un pequeño muñeco de nieve andando a tientas.
—Yo lo hago—se ofreció Saltarín, y el conejo le puso al muñeco un par de piedrecitas como ojos—. Arreglado el desastre.
—¡Oh, gracias! Esto es otra cosa. ¡Qué día tan hermoso! ¡Cuánta nieve! —exclamó agradecido el muñeco.
Sin embargo, hubo más de una disputa entre los muñecos de nieve y los conejos, porque estos, hambrientos, no se resistían a la tentación de morder alguna zanahoria y los muñecos, lógicamente, no estaban de acuerdo:
—Deja en paz mi nariz.
—No te preocupes, sólo un mordisquito y te la devuelvo.
—De ninguna manera. ¿Qué te parecería si te diera un mordisco en la nariz?
—¡Qué feliz me siento! —dijo la bruja Pamplinas—. Tanto, que tengo ganas de bailar. Y, ahora que lo pienso, un poco de música no estaría mal.

Dicho y hecho. El aire se llenó de una música melodiosa que invitaba a bailar.
—¿Me permite este baile? —preguntó un muñeco de nieve a Pamplinas.
—¡Cómo no! Con mucho gusto.
Y la peculiar pareja inauguró un baile sin igual. Los animalitos y los muñecos de nieve se iban emparejando y daban vueltas al son de la música.
—¿Bailas? —se dirigió el troll a un enorme y solitario muñeco de nieve.
—No sé. ¿Podrás conmigo?
—Yo puedo con cualquiera —contestó muy ufano el troll—. Vamos —añadió, agarrándolo por el tronco.
—¡Cuidado! ¡Que pierdo la cabeza! Me la has ladeado.
—No temas. Ahora te la pongo bien.
El troll empujó la cabeza con tanta fuerza que la tiró al suelo.
—¡Qué bestia! No pienso bailar más contigo —habló la cabeza caída.
—Bueno, tú te lo pierdes. ¡Mira qué bien bailo! —gruñó el troll.
El grandullón se puso a dar vueltas en todas direcciones, derribando, sin darse cuenta, a los bailarines. Los muñecos de nieve perdían narices, sombreros, cabezas y bufandas... Sus cabezas hablaban desde el suelo quejándose, y los habitantes del bosque no daban abasto para arreglar los desastres.
—¡Esto es demasiado! —reconoció la bruja Pamplinas—. Que todo vuelva a la normalidad —ordenó.
Al decir esto, los muñecos de nieve dejaron de hablar y de moverse, sus sombreros, bufandas y narices desaparecieron por arte de magia. Sólo quedó la zanahoria del conejo con raquetas de nieve.
—Oye, Pamplinas, ¡me lo he pasado fenomenal! —exclamó Prink—. Pero ya es hora de almorzar. Hay que volver a casa. Si quieres, te invito a comer. Luf, a ti también.
—Muchas gracias, amigo. Iría con gusto, sin embargo, quiero ver cómo está Milkifú. En otra ocasión será —contestó nuestra bruja.
Los habitantes del bosque, alegres, se iban yendo poco a poco a sus casas. La bruja Pamplinas se subió a su escoba y voló muy contenta junto a Luf a casa, con Milkifú.

El gnomo gruñón

Era una tarde apacible. La bruja Pamplinas se estaba preparando un relajante baño de burbujas. Milkifú la observaba de cerca y Luf estaba dormitando posada sobre una repisa. De repente, la casa se giró sobre sí misma, haciendo que la bruja perdiera el equilibrio y cayera en la bañera. Al caerse, Pamplinas levantó una jabonosa ola, que envolvió a Milkifú. El gato, del salto que pegó, fue a aterrizar sobre la adormilada lechuza. Luf, sin apenas poder reaccionar, se cayó a su vez en la bañera.
—¡Lechuza al agua! ¡Lechuza al agua! ¡Tranquila! ¡Yo te salvaré! —gritó Pamplinas, y se sumergió en la espuma para buscar a Luf—. ¡Por fin! ¡Ya te tengo! —exclamó a continuación, sacando a la lechuza boca abajo, agarrada por la cola.
Luf, muda de la impresión, soltaba un chorrito de agua por la boca y agitaba sus alas para secarse, formando pompas de jabón y lanzando gotitas de agua a su alrededor.
—¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡Qué despertar! Esta es una casa de locos —balbució.
Mientras, Milkifú, asustado y malhumorado, se sacudía para librarse del agua, sin mucho éxito.
—Estoy empapado. Esto me pasa por estar cerca de ti, bruja chiflada —gruñó.
—Pero si yo no tengo la culpa. Ha sido la casa, que se ha girado sin avisar —contestó Pamplinas—. Y ahora que lo pienso, eso quiere decir que ha venido alguien. Vamos a ver. ¡Casa, gírate!

La casa obedeció, y los tres, tal como estaban, chorreando agua y cubiertos de espuma, salieron a la puerta.
—¿Quién quiere verme? —preguntó la bruja.
De detrás de los arbustos, empezaron a asomarse unas temerosas caras de animales que, al contemplar una silueta de apariencia monstruosa, se volvieron a esconder. Y no es de extrañar, porque lo que vieron fue un ser grotesco, con seis ojos, una cabeza deforme y orejas como alas, que se agitaban soltando burbujas de colores. Una temblorosa vocecita que salió de detrás de un árbol, dijo:
—Ejem, buscábamos a la bruja Pamplinas.
—Soy yo. ¿Para qué me queréis? —contestó la bruja.
—No es verdad. Tú no eres Pamplinas. Ella no es un monstruo —se atrevieron a responder a coro.
—¿Qué monstruo? —se sorprendió la bruja—. Aquí no hay ningún monstruo.
—Tú eres un monstruo. Eres deforme, y tienes seis ojos y orejas como alas. Das miedo —le replicaron las aterradas voces.
—¡Ah, bueno! Es eso... Luf, Milkifú, bajaos, que asustáis a los animalitos —pidió la bruja Pamplinas.
El gato, cubierto de espuma, saltó desde el hombro de Pamplinas al suelo, y Luf voló como pudo desde su cabeza a una rama cercana. A su vez, nuestra bruja se quitó la montaña de jabón que la cubría, recuperando, más o menos, su aspecto.
—Hola, soy la bruja Pamplinas, y estos son Luf y Milkifú —saludó risueña.
—¡Menos mal! Hola, venimos a pedirte un gran favor. Necesitamos tu ayuda —dijeron los visitantes, saliendo de sus escondites.
—Pues acercaos. Os escucho.
Los animalitos rodearon a la bruja Pamplinas y le hablaron muy excitados todos a la vez. La bruja oyó:
—No podemos más. ¡Es insoportable!
—No hay forma de convivir con él.
—A mí me insulta cada vez que lo saludo.
—Gruñe, chilla. Las flores se mustian al verle.
—Yo le invité a mi casa y me escupió.
—Siempre está de mal humor. Es intratable.
—Sus vecinos se han tenido que mudar lejos.
—¡Calma, calma! No habléis todos a la vez —dijo la bruja Pamplinas—. Y ¿quién es ese ser tan terrible? ¿Un troll?
—¡No! Es un gnomo muy gruñón. Se llama Nerk y vive en el bosque de tejos —le respondieron.
—Bueno, veré lo que puedo hacer. Mañana iré a visitarlo, pero alguno de vosotros me tiene que acompañar para que no me pierda —pidió nuestra bruja.
—Yo lo haré —se ofreció un mirlo.

Pamplinas, Luf y Milkifú volvieron a su casa. La bruja se llevó su Gran y Gordo Libro de Magia a la mecedora.
—Luf, Milkifú, ¿qué podría hacer yo para ayudar a un gnomo malhumorado? No sé...
—Podrías convertirlo en un sapo —sugirió Milkifú—. O mejor aún, en un pedrusco mudo que no moleste.
—No, Milkifú. De ese modo no le ayudaría.
—¿Y si le enseñas a ser amable y educado? —propuso Luf—. Le podrías regalar un libro de buenos modales.
—Sí, para que se lo tire a la cabeza —replicó irónico Milkifú.
—Ahora que pienso —murmuró nuestra bruja meciéndose lentamente—, había una vieja receta de unas galletas, que te volvían amable y contento. Podría prepararlas de todos los colores, cubiertas de azúcar glaseado. Tienen que ser muy sabrosas y pequeñas, para que las tome a menudo.
—Eso puede funcionar —opinaron Luf y Milkifú—. Y ya que te pones, ¿por qué no haces otras galletas normales para el desayuno?
—Así lo haré, golosos. Con mucho gusto —se sonrió Pamplinas.

A la mañana siguiente, después de un delicioso desayuno, la bruja Pamplinas, Luf y el mirlo partieron hacia el bosque de tejos. En poco tiempo, llegaron a su destino.
—Aquí os dejo —dijo el mirlo—. No quiero verle, me pone de mal humor. Su casa está debajo de aquel tejo de ahí. Ah, y cuidado con las setas venenosas que rodean la entrada: pican y te levantan dolor de cabeza.
Pamplinas y Luf volaron hasta el tejo y llamaron a la puerta, que encontraron al pie del árbol: “Toc, toc, toc.”
—No hay nadie. No queremos ver a nadie. No estoy —se oyó una irritada voz.
—Soy la bruja Pamplinas y vengo a charlar contigo —respondió tranquila nuestra bruja.
—¡Estúpida pelmaza! ¿Estás sorda? Te he dicho que no estoy. ¿No has visto el cartel de “No molestar”? ¿No has leído lo que pone en el felpudo? —prosiguió malhumorado el gnomo desde el interior de su casa.
—Ah, pues es verdad. Pone: “Lárgate” —leyó asombrada nuestra bruja—. Pobrecito, qué solo te tienes que sentir.
—¡Uuuh! ¡Ya no aguanto más! Ahora verás —habló la desagradable voz.
La puerta se abrió bruscamente y se asomó un gnomo muy enfadado, que tiró a la visitante una especie de bola.
—¡Ah, por fin! Quieres jugar —se alegró Pamplinas.
La bruja Pamplinas, con su varita mágica, hizo que la bola cambiara de dirección y fuera a dar al interior de la casa de Nerk: “¡Poom!”, estalló la bola.
—¡Puaj! ¡Puaj! ¡Qué asco! El único lugar de este repugnante mundo que no apestaba y le has tirado una bomba fétida —gritó exasperado el gnomo—. ¡Bruja del demonio! ¡Ojalá revientes!
—Pero no te pongas así por un contratiempo sin importancia —contestó Pamplinas sin inmutarse—. Ven y hablemos.
—¡Qué pesada! ¿Qué quieres de mí? —chilló Nerk.
El gnomo gruñón salió violentamente de su casa. Pamplinas y Luf vieron a un hombrecillo delgado, de piel verdosa y cara antipática. Tenía unos pequeños y hundidos ojos, una nariz larga y curva, y boca de labios estrechos y apretados. Rechinaba los dientes y contraía la mandíbula como si quisiera morder. Era desagradable y de apariencia siniestra. Su ropa estaba sucia y desgastada. Llevaba un alargado gorro marrón, que, quizás, antes fuera rojo.
—Hola, soy la bruja Pamplinas. Quería invitarte a unas galletas que he preparado —dijo serena nuestra bruja.
—¿Galletas? Tú sí que vas a recibir una galleta —le contestó amenazante el enojado gnomo.
—¡Oh, muchas gracias! Eres muy considerado, pero acabo de desayunar —comentó Pamplinas.
—¿Muy considerado? ¿Yo? ¡Tú no te enteras! —contestó enfadadísimo Nerk.
Y el gnomo se lanzó hacia la bruja con las manos en alto y la boca abierta dando un grito:
—¡Arg...!
—Toma —dijo Pamplinas, metiéndole una pastita en la boca—. Pero no corras, si hay más.
—Yo te... —empezó Nerk, amenazando con el puño—. Muchas gracias —continuó muy amable y con media sonrisa.
De pronto se detuvo asombrado.
—No quiero decir eso —murmuró Nerk.
—¿Quieres probar una galletita azul? —preguntó la bruja.
—Encantado —contestó gentilmente el gnomo, y al instante se tapó la boca con las manos—. No quería decir eso. ¡No quiero decirlo!
De todas formas, Nerk cogió la galleta que le ofrecía Pamplinas y se la comió.
—Está deliciosa. Eres muy buena cocinera —comentó con cara plácida y, acto seguido, se contorsionó y farfulló—: Tampoco quiero decir eso.
El gnomo gruñón cambió de expresión. Su cara se dulcificó.
—Quizás, prefieras sentarte para descansar un rato... ¿Te traigo una silla? —preguntó atento, para continuar aparte y por lo bajo con enojo—. ¿Una silla? Un cactus es lo que tendría que traerle —y en alto prosiguió con una afable sonrisa—. ¿Y un cojín? ¿No quieres un cojín?
—Eres muy amable, Nerk. Te lo agradezco de veras —contestó la bruja sonriendo.
—¡No quiero ser amable! —gritó desesperado el gnomo gruñón, y se puso a dar saltos de rabia con los puños cerrados—. Lo siento, no quisiera molestarte —añadió turbado, para continuar muy enfadado—. ¡No soy amable! ¡No soy agradable! ¡Soy antipático y gruñón! Y me gusta serlo. —Y al instante—: Perdón. ¿Te apetece una taza de té?
—Sí, por favor. Me gustaría mucho —dijo la bruja.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡Eso es demasiado!
Y el gnomo se arrancó el gorro bruscamente, lo tiró al suelo y, agitando los puños, se puso a saltar encima de él.
—¡No quiero ser amable! —gritaba.

Ese sorprendente espectáculo duró unas horas más, pero como a Nerk le chiflaban las galletitas de Pamplinas, conforme iba tomándolas, se volvía más y más agradable.
Se hacía tarde, y la bruja Pamplinas tenía que volver a casa.
—Estoy muy a gusto contigo, Nerk, pero tengo que irme ya. Aquí te dejo un gran saco de estas galletas. Que te aprovechen.
—Muchas gracias. Vuelve cuando quieras —dijo el gnomo muy amable, añadiendo acto seguido y con el puño en alto—. ¡Bruja del demonio!

Pasados unos días, la bruja Pamplinas tuvo una inesperada visita en su casa.
—¡Buenos días! He venido a visitarte. ¿Puedo pasar, si no es molestia? —preguntó tímidamente Nerk.
—Claro que sí. Pasa, Nerk. Bienvenido —le saludó la bruja.
—Gracias, Pamplinas —contestó el gnomo, entrando en casa.
—¿Te apetece un té y unas pastas? —le ofreció nuestra bruja.
—Sí, eres muy amable. Me encantan tus galletitas —reconoció Nerk—. Y, a propósito, ¿sabes que desde que te conocí, mi vida ha cambiado? Los vecinos ya no me evitan y me vienen a visitar. También a ellos les gustan tus galletas. Paseo mucho por el bosque y hablo con los animalitos. He empezado a tener amigos y a divertirme haciendo cosas, como, por ejemplo, cestas para recoger setas y bayas. Si quieres, te hago una muy bonita.
—Sí, me gustaría. Me sería muy útil —respondió complacida la bruja Pamplinas.
—Por cierto, quisiera pedirte un favor —añadió sonriente el gnomo—. Se me están acabando las galletas que me dejaste. ¿No podrías prepararme más?
—¡Cómo no! Ya las tengo preparadas —dijo la bruja, yendo a la despensa—. ¡Toma este saco! —continuó al volver—. Me salieron muy ricas. Las hay de todos los colores y muchos sabores. Te gustarán.
—Muchísimas gracias, Pamplinas. Se me hace la boca agua sólo de pensar en ellas. ¡Mmm, qué ricas! Seguro que me encantarán.
Nerk se quedó pensativo un momento y prosiguió, un tanto turbado:
—Ejem, no sé si atreverme a pedirte una cosa.
—Venga, dime lo que quieras —contestó la bruja.
—Me gustaría que me dieras la receta de estas galletas. Verás, tengo muchos amigos que me visitan y a todos ellos les chiflan tus pastas —contó sonriendo el gnomo—. Quisiera saber prepararlas, para invitarles.
—No hay problema. Ahora te la doy.
Y Pamplinas le escribió la receta en un papel.
Al poco rato, y tras despedirse amistosamente, el gnomo Nerk se marchó muy contento. Luf, que había estado observando en silencio la visita, comentó:
—Pamplinas, no consultaste el libro de recetas mágicas. ¿Estás segura de recordar bien el hechizo para las galletas de amabilidad?
—No, no lo recuerdo —respondió nuestra bruja—. Pero sabes, tampoco importa, porque lo que le he dado es la receta de las galletas normales. Ya no necesita las mágicas, pues valora a sus nuevos amigos, y le gusta su nueva vida. Ha comprendido que ser amable y amistoso le hace bien, que merece la pena tratar bien a los demás.
 

Milkifú en acción

Era el día ideal para recoger la raíz de la microlia, una planta que crecía en las orillas del río Sin.
—Luf —dijo la bruja Pamplinas—, necesito la raíz de microlia para hacer la pócima de empequeñecer. Hoy es el séptimo día después de la luna llena, es el mejor momento para arrancarla. Tengo que ir al bosque. ¿Me acompañas?
—¡Estoy lista, Pamplinas! —respondió esta sin dudar.
Y exclamando varios “¡Uf! ¡Uf! ¡Uf!”, la entusiasta lechuza salió volando por la ventana.
—¡Espera, espera! Tengo que coger mis gafas, la escoba, prepararme....
La bruja se puso a buscar sus gafas. No las encontraba por ninguna parte.
El gato Milkifú, acurrucado en la mecedora, observaba la escena en silencio. Apenas levantaba las cejas para seguir los movimientos de la bruja Pamplinas, que murmuraba:
—Pero, ¿dónde pueden estar? Cuanto más necesitas una cosa, menos la encuentras. ¡Hay que ver qué cabeza tengo! A lo mejor me las dejé en la mecedora.
Pamplinas se acercó muy decidida y levantó las patas traseras del perezoso Milkifú. El gato se sobresaltó. Se dio cuenta de que no podía permanecer ajeno a la situación y masculló molesto:
—Déjame dormir, que estoy muy cansado. Las tienes puestas en tu cabeza, bruja despistada.
—Ah, sí. Gracias, Milkifú. ¡Qué bueno eres!
Y, aliviada, la bruja Pamplinas salió por la puerta. Luf, esperándola impaciente, volaba dando vueltas y vueltas cerca de la entrada.

Las dos amigas se fueron por un caminito en dirección al río. Hacía un buen día. Los pájaros cantaban y el bosque parecía lleno de vida. El viento traía ráfagas de distintos olores: lavanda, tomillo, espliego, resina, romero, jara y flores silvestres.
—¡Qué bonito es nuestro bosque, Luf! —exclamó la bruja con una sonrisa complacida—. Tenemos que organizar un día una merienda con nuestros amigos. Recuérdamelo, por favor.
—Muy bien. Así lo haré —respondió encantada la lechuza.
Al poco, llegaron al río Sin, llamado así, como sabéis, por ser un río de agua dulce sin azúcar.
—Luf, ayúdame a buscar una planta de hojas amarillas y flores moradas como campanillas —pidió Pamplinas—. Al tocarlas, suenan “ding, ding, dong”.
La voluntariosa lechuza se puso a la obra. Voló, voló y voló. Iba deprisa de una dirección a otra, perdiendo plumas de puro nervio. Tanto se aturrulló, que se estrelló contra un árbol, deslizándose por el tronco y cayendo al suelo sobre unas plantas. “Ding, ding, dong. Ding, ding, dong”, se oyó.
—¡Qué bien! ¡La has encontrado! ¡Enhorabuena! —dijo la bruja Pamplinas.
La aturdida Luf no respondió. Suficiente tenía con recuperarse del golpe, pero estaba contenta. Se repuso rápido y, cuando llegó Pamplinas, ya estaba de pie, muy orgullosa, señalando la planta con un ala.
—¡Ahí la tienes! ¡Yo la encontré!
La bruja, tirando de la planta, recogió con cuidado unas cuantas raíces. Las flores tocaron su canción para disfrute de todos los presentes. A lo lejos, en el río, las ranas y las chicharras respondieron con su melodía.

Un poco después, Pamplinas y Luf volvieron satisfechas a casa. Traían unas buenas raíces de microlia. Almorzaron, descansaron un rato y la bruja se puso a preparar la poción de empequeñecer. Todo salió muy bien, pero preparó tanta cantidad, que apenas cabía en el caldero.
—¡Buf! ¡Cuánto pesa! —se quejó Pamplinas llevando el caldero hasta la mesa—. Casi no puedo con él.
El caldero, al bambolearse por el camino, salpicaba la poción por el suelo. Algunas gotas cayeron en el cuenco de leche de Milkifú sin que nadie se diera cuenta.
La bruja, muy absorta, siguió con sus quehaceres. Mientras, el gato entreabrió los ojos, se desperezó lenta, lentamente, se estiró arqueando el lomo, bostezó varias veces, y abriendo del todo los ojos, se encaminó a su plato. Sacó su rosada lengua y tomó algo de leche. “Sabe raro”, pensó, y en esto se encontró ante algo parecido a una laguna de leche.
—No sé qué me pasa ¡Qué mareo!
Miró a su alrededor y ¡qué sorpresa! Todo estaba diferente.
—¿Dónde estoy? ¿Qué ha sucedido?—exclamó.
Nadie le contestó. Milkifú se alarmó. Cerca de él vio dos enormes columnas de madera, que iban a parar a un techo del mismo material. El gato, perplejo, no reconoció la vieja mesa del comedor; miró a la derecha, y lo primero que vio fue una inmensa bola de pelusas aproximándose.
—¡Socorro, que me aplasta! ¡Ah! —chilló—. Ya sé lo que ocurre. Estoy soñando y tengo una pesadilla. Debo despertar ya, antes de que esa cosa se me caiga encima —murmuró temeroso.
Fue inútil. La bola de pelusas y polvo lo envolvió por completo.
—¡Achís! ¡Achís! ¡Achís! —estornudó con fuerza.
En eso, una gigantesca mosca se le acercó volando. Sus grandes ojos eran hipnóticos. El pequeño felino no podía apartar la mirada de ellos.
—¡Quiero volver a casa! Pamplinas, ¿dónde estás? —gritó asustado.
El gato negro oyó la voz de la bruja retumbar desde lejos:
—Milkifú, no te veo. ¿Estás jugando al escondite conmigo? Ahora te busco.
Al pobre gato se le heló la sangre cuando casi le pisa un descomunal pie. Milkifú hizo acopio de sus fuerzas y salió despavorido a esconderse debajo del armario. En la oscuridad de su refugio, aparecieron dos puntos brillantes, que se iban aproximando poco a poco. El corazón de Milkifú palpitaba cada vez más rápido, parecía que se iba a salir de su pecho.
—¡No puedo más! ¡Detente! ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —chilló miedoso.
Y, sin esperar la respuesta, el gato salió huyendo. Pero notó con horror que alguien le perseguía.
—¡Para! Si sólo quiero jugar contigo. Quiero ser tu amigo —oyó.
Milkifú, sin pararse, giró la cabeza y vio un ratón de su mismo tamaño tratando de alcanzarle. Tenía una cara simpática y parecía bienintencionado, sin embargo, el gato no estaba dispuesto a fiarse de un ratón tan grande, y menos a jugar con él.
—¡Deja de seguirme! —le gritó el felino—. ¡No quiero jugar contigo, me das miedo!

El pobre y asustado gato se olvidó de su pereza habitual y corrió como nunca lo había hecho. Llegó a una especie de cortina de tela, que le resultaba extrañamente familiar. Trepó por ella arriba y más arriba, hasta llegar a una mullida llanura. Apenas se acomodó en esta para recuperar el aliento, cuando oyó atronar la voz de Pamplinas:
—¡Ah, un ratón en mi mecedora! Ahora verás cómo te echo con mi escoba. ¡Milkifú, un ratón! ¡Cázalo!
El sufrido gato se quedó mudo, no acababa de entender lo que estaba sucediendo. No reaccionó, hasta que una enorme escoba le lanzó por los aires. En su accidentado vuelo, fue a chocar contra algo monstruoso cubierto de plumas. Por instinto, sacó sus uñas para agarrarse y no caer.
—¡Uf! ¡Uf! ¡Uf! ¡Qué daño! ¿Qué es? ¡No me lances ratones feroces, bruja atolondrada! —exclamó Luf al caerse al suelo junto con lo que ella creía que era un ratón—. ¡Te vas a enterar, roedor salvaje! ¿Dónde se ha visto que a una la ataque un ratón en pleno vuelo?
La lechuza, muy indignada, bajó su gran cabeza hacia el molesto intruso y su colosal pico no prometía nada bueno.
—¡Luf, que soy yo! ¡Que soy Milkifú, el gato!
La lechuza se paró en seco. Sus ojos se redondearon por el espanto y se salieron de sus órbitas, nublándose al instante. La sensible Luf, al reconocer a Milkifú, se cayó, desmayada de la impresión. El gato negro temblaba aterrado con los ojos cerrados mascullando:
—¡No me comas, no me comas, no me comas, por favor!
Entre tanto, la bruja Pamplinas se había puesto sus gafas y se aproximó a los accidentados, para ver mejor lo que pasaba. Luf se estaba recuperando. Estremecida murmuraba:
—Le podría haber herido, le podría haber matado... ¡Qué nervios!
El gato sollozaba:
—¡Qué cansancio! Me duelen todos los músculos de mi maltrecho cuerpo. ¡No aguanto más! Seguro que voy a tener agujetas durante un mes. Quiero volver a mi tamaño de siempre, a mi tranquila vida y que se acabe esta pesadilla.

La bruja Pamplinas le tomó en sus brazos, le acarició y le tranquilizó. Cogió su varita mágica y pronunció muy solemne un hechizo para devolverle a su tamaño.
Milkifú, muy contento, se tumbó en la mecedora y se dedicó durante un buen rato a lamerse para limpiarse de la pelusa y el polvo. Pamplinas preparó tila para Luf. La pobre lechuza seguía muy impresionada por lo que podía haber pasado.
La bruja, para calmarse, se sentó junto a Milkifú en su mecedora, y se puso a hacer pompas de jabón. Estas, al estallar, emitían un tenue “plif, plaf, plof”, que resultaba muy relajante.
Ya por la noche, cenaron como siempre. Sólo Milkifú, al acercarse a su plato y ver la leche, salió huyendo, mientras gritaba:
—¡Nunca más! ¡Nunca más!

1 comentario:

  1. La verdades que esta brujita genera mucha simpatía y es muy creativa (buenos digamos que los que están detrás). Ojal´hubiera muchas brujitas así en el mundo en vez de políticos. Es un soplo de energía y cariño por la naturaleza y los animales.
    Espero que tenga muchas más aventuras que pasar de las que , a pesar de todo siempre sale airosa y sin hacer daño.
    Animo a los 5 que hay mucho que escribir (aunque ya se que ya hay muchas aventuras aún por publicar)

    ResponderEliminar